Huevos

— ¿Por qué usas ese vaso? ¿Que no sabes que tardará más de un siglo en deshacerse?

Levanté la vista del libro que estaba leyendo. Lo primero que vi fue el cuchillo que traía una. Los llaman carniceros, y pueden cortar una res en dos. Bueno, tal vez no tanto, pero degollarme sí. La otra también traía un cuchillo, mucho más chico, pero no por eso menos peligroso. Parecían hermanas gemelas, aunque después de un rato te dabas cuenta que una era ligeramente más grande que la otra, y luego se notaba que no eran parientes, es más, que no tenían ningún parecido, sólo que traían el pelo largo y lacio. Leer más

Posts

Su forma de comunicarse era a través de lo que posteaban en facebook. Muchos eran videos ridículos, fotos tiernas, noticias indignantes: lo que postea cualquier persona normal. Pero por medio de ellos, del subtexto de cada post, se decían cosas que nadie más entendía. Ni siquiera necesitaban poner “Me gusta”. Tenían un lenguaje secreto.

Si él posteaba un video de youtube de un niño bailando flamenco, seguido de los memes del partido de futbol de ayer, ella entendía con claridad que en realidad quería decirle “te deseo”.

Si ella posteaba una foto de la cena de esa noche, y una canción ochentera, él comprendía que le estaba contestando “yo también”.

La atracción, las ganas que se tenían, no eran asunto prohibido. Los dos eran libres de ser amigos, novios, amantes, incluso esposos. Pero no les interesaba esa clase de relación. Preferían ser uno más de los miles de amigos que cada uno tenía en su cuenta, y encontrarse en ese flujo continuo que es el Home.

Un día él posteó algo muy atrevido: varios links de Los Locos Adams y fotos de Merlina; ella al comprender el mensaje —alguna propuesta perversa—, casi llega al orgasmo. Eran el uno para el otro, su vida sexual estaba completa.  Sin embargo, un día ella publicó un post con el que él se enamoró sin remedio. Ya no le era suficiente vivir así, necesitaba gritarle al mundo su amor. Entonces, por primera vez, él hizo algo demasiado directo, posteó “te amo”. Con cada una de sus letras:

T-E-A-M-O

Y ella, aburrida y decepcionada, lo eliminó de su lista de amigos, y lo bloqueó para siempre.

 

 

Truco

El mago estaba muy cerca de ellos, en la mesa contigua, haciendo sus trucos de cartas a una pareja. El bar no estaba tan lleno, y por eso el mago podía ir por todo el local, ganándose una propina por divertir a la gente.

A Alfonso le cagaban los magos, y los mimos, y los vendedores, y cualquier gente que se le acercara a interactuar con él cuando quería estar solo, y con más razón cuando estaba en una primera cita, como esa noche. Leer más

Miguelitos

Martina le había pedido a su novio Claudio, a quien todos conocían mejor como el Sabbath, que le llevara unos encargos a su amiga de toda la vida que vivía desde hacía años en Barcelona. El encargo consistía en golosinas típicas que no se podían conseguir más que en México: Miguelitos de polvo y agua, cacahuates japoneses Nishikawa, paletas de caramelo sabor mango cubiertas de chile, y unos Pulparindos.  No era más que una bolsa pequeña, pero que sin duda haría muy feliz a Paula, quien desde que se fue a Cataluña no se había vuelto a enchilar con estos dulces como lo hacía en su infancia.  Leer más

Joven

Tan entrado estaba Don Jesús, que cuando su esposa abrió la puerta, todas las fotos que sostenía en la mano, las que le ayudaban a excitarse, se le cayeron y se desparramaron por el suelo del baño.

Doña Berenice, fuera de sí, estaba a punto de gritarle hasta de lo que se iba a morir, cuando vio que en todas las fotos aparecía ella: un viaje a la playa en donde traía un bikini minúsculo; vestida de largo en una cena de gala, con un escote muy sugestivo; con una peluca y una minifalda muy corta que hacía mucho que no usaba porque ya no era la moda.

Doña Berenice se quedó sin palabras y cerró muy despacio la puerta, como si no quisiera molestar a Don Jesús en lo que estaba haciendo.

¡Qué rara situación! ¡Qué marido tan extraño tenía! ¡Masturbarse con sus fotos! Nunca se había sentido así. Era un halago desconocido para ella.

En lo que no se puso a pensar fue en que todas las fotos eran de muchos años atrás, cuando ella aún era joven.

 

 

El futuro

Todos estaban muy quitados de la pena, disfrutando de la boda porque no tenían forma de prever lo que les iba a pasar.

La feliz pareja de recién casados bailaba con los invitados “El Venado”, con los cuernos que el DJ —que salió más barato que contratar a una orquesta— les había entregado a varios asistentes. Todos coreaban “el venao, el venao” sin saber que el lechón que acababan de ingerir comenzaba a hacer estragos en su sistema digestivo. Al otro día todos los comensales tendrían una diarrea de aquellas, menos aquel al que todos veían raro, por hippie, era vegano.

Eso no es nada, porque dentro de una semana, la feliz novia que ahora baila y canta Timbiriche a todo mecate en la pista de baile, en su luna de miel se romperá el tobillo al pisar mal corriendo en la playa, mientras escapa de una ola inmensa que cualquiera hubiera podido confundir con un tsunami en las costas de Guerrero. Como el pie enyesado no le permitirá a la novia caminar mucho, el nuevo esposo, en una de sus caminatas solitarias, conocerá a una mujer que lo llevará, eventualmente al divorcio.

Sin embargo falta lo peor. Mientras todos se divierten en la fiesta, Rodolfo y Martita, primos lejanos, muy borrachos ya, conciben un hijo en el estacionamiento, dentro del coche de un tío. El hijo nacido de este encuentro será un genio, y los Estados Unidos (que ya se habrán apropiado de todo el territorio nacional para ese entonces) se lo llevarán a trabajar al Pentágono, donde, gracias a su talento, inventará el arma más letal del universo, que llevará a la humanidad a su extinción.

Pero estamos en el presente. Dejemos que sigan bailando, emborrachándose, creando nuevas amistades y parejas. Todos están felices, no hay que molestarlos.

A fin de cuentas, a nadie le gusta que el futuro le eche a perder una cumbia.

 

 

 

La sonrisa

A Fabiola nunca le pasó por la cabeza faltar a la obra en donde su único hijo actuaría uno de los papeles principales. Aun cuando sabía que iba a coincidir con su ex marido, Octavio, llegó puntualmente al teatro. Era hijo de los dos, ok, así que entendía si su padre quería verlo brillar en el escenario. Pero aunque se vieran, no pensaba saludarlo. Ella había quedado más dolida con la separación, y sabía que a él tampoco le hacía mucha gracia tener que encontrársela. Durante todos estos años se habían visto lo mínimo, solo para resolver asuntos del tema que más les interesaba: su hijo. Además, cuando se habían topado por casualidad, no se miraban ni siquiera a los ojos, y dos personas que no hacen contacto visual es muy difícil que se saluden. Leer más

Libertad

Lo primero que cargó fue el bombo. Por obvias razones, parecía el más difícil de llevar, era el elemento más voluminoso de su instrumento. No metió los demás tambores adentro, como siempre hacía, pues iba a pesar mucho, y no sabía la distancia exacta que debía cargarlos. Chalo pensó que resultaría más fácil cargar pieza por pieza. Pero no. Aunque la subida en ciertas partes no estaba tan empinada, todo terminó pesando un chingo. Cargar los fierros le había costado mucho trabajo. Los stands de los platillos, del hi hat, parecía que pesaban toneladas. No es que no lo supiera, tenía claro que su instrumento es el menos ligero de todos, además no era la primera vez que cargaba su batería él sólo, haciendo miles de viajes acarreando cada pieza, pero sí la primera vez que lo hacía subiendo un cerro. Leer más

Gordo

Selene y yo crecimos juntos. Jugábamos los mismos juegos con todos los demás niños de la cuadra: futbol, las traes, bote pateado. Ella era la única niña, las demás se entretenían dentro de sus casas o departamentos con juegos menos rudos, las muñecas y la casita. Selene era uno más de nosotros. Una niña con actitudes de niño. Hasta que un día jugando a las escondidillas Arturo y Selene no aparecían, el juego terminó y todos nos dimos a la tarea de encontrarlos. Por más que los buscábamos no los podíamos hallar. Rulo, el hermano de Arturo hasta se empezó a preocupar. No era para tanto, pensé, ni yo que era su pariente me sentía angustiado. Mi mamá siempre me decía que tenía que cuidar a mi prima pues era la única mujer jugando con nosotros. Claro, luego sabría por qué de la preocupación de Rulo. Éste temía lo peor, y sus sospechas resultaron ciertas. Nadie podía encontrar a Selene y Arturo porque ellos no deseaban ser encontrados. El más chico de la pandilla, Ciro, que había corrido tres cuadras hasta el lote baldío vino con el chisme: allá están besándose, dijo entre risas. Leer más