La sonrisa

A Fabiola nunca le pasó por la cabeza faltar a la obra en donde su único hijo actuaría uno de los papeles principales. Aun cuando sabía que iba a coincidir con su ex marido, Octavio, llegó puntualmente al teatro. Era hijo de los dos, ok, así que entendía si su padre quería verlo brillar en el escenario. Pero aunque se vieran, no pensaba saludarlo. Ella había quedado más dolida con la separación, y sabía que a él tampoco le hacía mucha gracia tener que encontrársela. Durante todos estos años se habían visto lo mínimo, solo para resolver asuntos del tema que más les interesaba: su hijo. Además, cuando se habían topado por casualidad, no se miraban ni siquiera a los ojos, y dos personas que no hacen contacto visual es muy difícil que se saluden.

A Fabiola le había sorprendido que su hijo tuviera tan buen papel en la obra, pues no sabía lo bueno que era. Los papás suelen ser los últimos en advertir el verdadero talento de sus retoños, y más cuando esperan que se dediquen a otra cosa. Le había molestado mucho que estudiara actuación. ¿Actor? siempre pronunciaba la palabra con un asomo de duda. Pero su hijo se había salido con la suya, y ahora se graduaría con honores, haciendo uno de los mejores papeles en la obra que era su examen final.

Fabiola fue acompañada al teatro por su novio, con el que llevaba más de cinco años, pero cuya relación no avanzaba desde hacía dos. En el lobby se iba juntando gente, casi todos familiares de los que ese día se graduaban —era fácil distinguirlos por el tamaño de los ramos de flores— pero también había actores, algunos muy conocidos, y uno que otro director en busca de nuevos talentos.

—Esa niña debe tener aire en el cerebro para andar con semejante adefesio —dijo Fabiola como si estuviera hablando del clima.

— ¿Qué? —su novio no sabía a quién se refería.

—La pareja de Octavio —señaló Fabiola hacía la otra esquina del lobby como si espantara una mosca. Su ex esposo iba con una joven a la que le llevaba más de dos décadas —tenía cincuenta—, pero que por el modo en que ella iba vestida y se desenvolvía, daba la impresión de que buscaba acortar esa diferencia de edad tan notoria.

Abrieron las puertas y entraron todos al teatro a tomar sus lugares. Fabiola agradeció la delicadeza de su hijo de no sentar a su ex marido junto a ella. Aunque estaban en la misma fila, había más de veinte butacas que los separaban.

Aun así no podía dejar de percibirlo por el rabillo del ojo. Le daba la impresión de que este hacía todo lo posible por llamar su atención: la forma en que se quitó el saco aunque no hiciera calor, el modo en que tomó de la mano a su pareja y le susurró algo al oído. No sabía si iba poder concentrarse en la obra, teniendo a esos dos ahí sentados. Probó con el programa de mano: se lo puso a un lado de la cara para no verlos. Pero era demasiado rudo, así que le pidió a su novio, que era muy gordo, que intercambiaran lugares, así le serviría de barrera.

Seguramente su ex esposo se dio cuenta porque besó a su novia en la boca sin venir a cuento. Qué ridículo, ¿no sabía que la gente se reía de la diferencia de edad que tenía con su pareja? ¿Para qué exhibirse en un teatro, enfrente de toda la gente? refunfuñó ¿Creía que sólo él podía hacerlo? Así que le dio un beso a su novio, también en la boca. Fue un poco exagerado, demasiado pasional, un tipo de beso que solo le había dado en algún momento de arrebato. Su ex fingió no haberla visto, pero seguro se había dado cuenta de todo. Eso la hizo sentirse peor, lo que quería era que no estuviera ahí, estorbándole la vida. Qué ganas de borrarlo, de desaparecerlo para siempre.

—Soy una estúpida —dijo cuando el programa se le resbaló de las manos y cayó al suelo.

— ¿Qué pasa? —preguntó él, extrañado de que ella se enojara de algo tan simple.

—Nada, no me hagas caso. —dijo, pero el tono de su voz parecía decir todo lo contrario.

Fabiola recordó el infierno en el que vivió mientras estuvo casada. Sobre todo al final de su relación. Mientras daban la primera y segunda llamada, no escuchó bien lo que su pareja le había comenzado a platicar. Algo sobre actores y películas. Su mente vagaba en el pasado. No había sido buena idea venir, sabiendo que se encontraría a su ex. Quizás ni siquiera podría ver bien la obra, ver la actuación de su hijo como éste se merecía. Pero cuando dieron la tercera llamada y apagaron las luces, la obra la empezó a absorber.

Por algo había directores y actores conocidos viendo la puesta en escena, el nivel de actuaciones era magnífico. O esa fue la conclusión de Fabiola cuando su pareja, quien sí sabía de teatro, le dijo al oído varias veces “tu hijo es un excelente actor”, y una fila más adelante, escuchó a un anciano decir: “es el mejor Kowalski que he visto nunca”.

Al terminar la función el público se puso de pie para ovacionar a los actores, gritar su nombre a voz en cuello, y llevarles ramos al escenario. Fabiola se sintió mal de no conocer antes esta tradición de las flores, y por eso llegar al estreno de la obra de su hijo con las manos vacías. No sabía que se emocionaría tanto, al punto de llegar a las lágrimas. La gente aplaudía a rabiar y ella sabía que quien se llevaba las palmas era ese chico que había actuado de Kowalski, su hijo.

Y entonces, no supo muy bien por qué lo hizo, pero mientras el público ovacionaba a los actores, Fabiola volteó a ver a Octavio, su ex, para descubrir que él también la miraba. Fueron unos cuantos segundos nada más, no había odio en sus ojos, pero tampoco amor, era otra cosa. Y como si fuera el gesto más natural entre los dos, se sonrieron.

La joven pareja de Octavio se dio cuenta y decidió que esa noche, cuando hicieran el amor, se embarazaría. Nunca había sentido tantos celos, lo que significaba que estaba perdidamente enamorada de este hombre, al punto de compartir la vida con él.

El novio de Fabiola también notó la sonrisa, y se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo molesto. Esta era la señal que estaba esperando desde hacía meses. Supo que la relación no los estaba llevando a ninguna parte, y decidió que más tarde, durante la cena, rompería el noviazgo de cinco años con Fabiola.

Libertad

Lo primero que cargó fue el bombo. Por obvias razones, parecía el más difícil de llevar, era el elemento más voluminoso de su instrumento. No metió los demás tambores adentro, como siempre hacía, pues iba a pesar mucho, y no sabía la distancia exacta que debía cargarlos. Chalo pensó que resultaría más fácil cargar pieza por pieza. Pero no. Aunque la subida en ciertas partes no estaba tan empinada, todo terminó pesando un chingo. Cargar los fierros le había costado mucho trabajo. Los stands de los platillos, del hi hat, parecía que pesaban toneladas. No es que no lo supiera, tenía claro que su instrumento es el menos ligero de todos, además no era la primera vez que cargaba su batería él sólo, haciendo miles de viajes acarreando cada pieza, pero sí la primera vez que lo hacía subiendo un cerro. Leer más

Gordo

Selene y yo crecimos juntos. Jugábamos los mismos juegos con todos los demás niños de la cuadra: futbol, las traes, bote pateado. Ella era la única niña, las demás se entretenían dentro de sus casas o departamentos con juegos menos rudos, las muñecas y la casita. Selene era uno más de nosotros. Una niña con actitudes de niño. Hasta que un día jugando a las escondidillas Arturo y Selene no aparecían, el juego terminó y todos nos dimos a la tarea de encontrarlos. Por más que los buscábamos no los podíamos hallar. Rulo, el hermano de Arturo hasta se empezó a preocupar. No era para tanto, pensé, ni yo que era su pariente me sentía angustiado. Mi mamá siempre me decía que tenía que cuidar a mi prima pues era la única mujer jugando con nosotros. Claro, luego sabría por qué de la preocupación de Rulo. Éste temía lo peor, y sus sospechas resultaron ciertas. Nadie podía encontrar a Selene y Arturo porque ellos no deseaban ser encontrados. El más chico de la pandilla, Ciro, que había corrido tres cuadras hasta el lote baldío vino con el chisme: allá están besándose, dijo entre risas. Leer más

La droga

No sabía si ya me había hecho efecto, nunca calculaba el tiempo que tardaba en pegarme. Así que me recosté y cerré los ojos, esperando. Entonces me vi a mí mismo convertido en alguien más, matando a mi hermano y huyendo despavorido, convirtiéndome entonces en muchas personas, miles , golpeado por gentes con látigos en grandes carrozas.

Me vi siendo un pueblo escapando por el desierto, siguiendo una nube, siguiendo una llama de fuego. Me vi en un palacio rodeado por doncellas e inmediatamente después me encontré en una choza, acompañado sólo de animales.

Sentí entre mis piernas un camello, luego un burro, después un caballo cabalgando. Manejé una carroza por un sendero, luego un automóvil, y al final un avión, disparando al enemigo. Vi a lo lejos un hongo inmenso que me cegó y cuando pude ver de nuevo, tenía el vientre inmenso y los brazos flacos y débiles, giré mi cabeza con dificultad y vi que alguien me alimentaba con una cuchara llena de moscas.

La escena cambió, y me vi en un yate, tostándome al sol, y a mi lado una rubia que como único vestido usaba lentes oscuros, me sonreía. Me vi entonces en un púlpito dando un sermón frente a cientos de personas que me gritaban: ¡Sáname! ¡Sáname!

Y después estaba gordo, enfundado en un traje, detrás de un escritorio inmenso, viéndole las piernas a mi secret… sentí que alguien me tocaba el brazo y salté. Era Eva, que me hablaba y se reía.

—Regresa, regresa, ya llevas mucho tiempo —me dijo.

Entonces vi el verde de los árboles, el sol, los hermosos pechos desnudos de mi compañera, y en mi mano, la manzana recién mordida.

— Ya van varias veces que la pruebas y siempre pienso que no vas a regresar. ¿Tanto te gusta, Adán?

— Me encanta —le dije, mientras la abrazaba, caminando sin prisa, felices por los verdes senderos del Edén.

 

Publicado por primera vez en la revista Sub 2, subgéneros de subliteratura subterránea (1997).

 

 

Contrato

Iba caminando por la Condesa para reunirse con su mánager cuando se lo encontró.

—   ¿Ya escuchaste mi demo?

—   No he tenido tiempo —dijo Roto sin disimular el fastidio que esto le causaba.

—   Es que me interesa mucho tu opinión.

— Era un CD, ¿verdad? Ni siquiera tengo donde ponerlo. Escucho toda mi música en iPod o en la Air, y esa ya ni tiene donde meterlos —Pensó que esa era la excusa perfecta. En realidad no tenía la Air. No le alcanzaba para comprarla. Aún tenía aquel modelo muy viejo, pero no tenía dinero para deshacerse de él y conseguir otro. Tampoco quería. Ahí tenía todas las sesiones de Los Desesperados y las últimas canciones que había compuesto, grabadas sólo con guitarra y voz. Le daba miedo cambiar de compu y perderlo todo. Era más cómodo seguir con el mismo software a estar sufriendo con las actualizaciones.

—Entonces te paso el link del soundcloud ¿va?

—Ok

Roto vio cómo aquel fan de diecinueve años escribía en un papel las indicaciones para que escuchara su música. Cosa que definitivamente no iba a hacer. Qué hueva. Este güey se la pasaba en primera fila en todos los conciertos de su banda, siempre estaba esperándolo afuera del lugar donde tocaran, y luego estaba a la salida para saludarlo. No se acordaba ni siquiera de cómo se llamaba. La única vez que le preguntó su nombre fue para firmarle un autógrafo, uno de los primeros que Roto escribía. Al principio se sentía de poca madre tener un fan from hell, pero al pasar los meses comenzó a hartarse. Que se buscará una vida. Leer más

La negrita

Y bueno, el cuento de la negrita sigue así: después de haber viajado tanto por todo el país, regresa a su costa amada pa’ seguir en el malecón gritando: ¡vendo pescado frito con limón!

Y si supieran las cosas que pudo ver, que no se parecían nada a los sueños de su niñez, la negrita no comprende de dónde fue que salió el cuento ese, que en otro lugar vives mejor.

Porque es muy fácil de pensar que hay que viajar para triunfar, que aquí no hay oportunidad, que en otro lado sí la habrá. Y aunque experiencia ella adquirió, nunca se pudo olvidar que su cadera al caminar lleva el ritmo de la mar.

Por eso un día nublado se regresó, y vio que acá en su puerto siempre calentaba el sol, y cuando alguien le pregunta de las cosas que aprendió contesta: que viajar a veces no es mejor; que quedarse al sol es lo mejor; que vende pescado con limón; que si lleva uno, lleve dos, porque al rato to’ ya se acabó; que ella prepara siempre el mejor; como éste no hay dos en el malecón.

“¡Ah! pero eso sí: duro al trabajo. No se vaya usté a dormir como dicen que pasó a mi amigo el camarón. O como al señor cangrejo, que por andar de crustáceo, se lo comieron al ajo. O como a este pescadito que tiene el ojito azul. Creo que viene de lejos y mire usted dónde fue a dar. Más le valdría regresar con sus pececitas güeras. Por eso a mí la corriente me ha regresado a mi hogar, porque un pez de agua salada en río no puede nadar.”

 

En estos días se cumplen veinte años de la salida del disco RE. Quiero celebrarlo con esta canción-cuento. La música y también la primera frase: “Y bueno el cuento de la negrita sigue así…” son de mi hermano Quique. Lo demás lo escribí yo.

Amigo

Llevaban más de un año separados, y, aunque Natalia le había hecho la vida imposible mientras estuvieron juntos, Bruno nunca dejó de extrañarla.

Se lo hizo saber a todo el mundo, amigos y familiares: no podía vivir sin ella, pero al mismo tiempo relataba las cosas malas que le había hecho. Así que la situación era muy extraña, con cada anécdota los cercanos a Bruno odiaban más y más a Natalia, mientras él aún deseaba estar con ella.

Un día sin que nadie lo supiera, se juntaron. Bruno y Natalia hablaron de una posible reconciliación, lo intentarían de nuevo. Arturo, su mejor amigo, sabía que esta mujer no le convenía, pero no había forma de hacerlo cambiar de parecer. Cuando Bruno le contó la posibilidad de volver, era tanto su entusiasmo, que parecía sufrir de amnesia: no recordaba que habían sido más los malos momentos en su relación, que los buenos.

Arturo lo meditó solo unos segundos, pero estaba decidido:

— Bruno, antes de que hagas cualquier cosa, creo que hay algo que deberías saber: mientras ustedes no estaban juntos, tuve un affaire con Natalia.

Arturo le contó cómo su ex le había hablado una noche, y cómo terminaron en la cama no solo una, sino varias veces. Que Natalia habló muy mal de él, y que no entendía cómo ahora podían pensar en regresar.

—Lo siento, soy tu amigo y te lo tenía que contar. Seguramente ella lo negará todo, pero te aseguro que es cierto. Perdóname.

 

Bruno no lo perdonó. Dejó de hablarle para siempre. Tampoco regresó con Natalia. Aunque Arturo estuvo triste, cumplió su cometido. Poco tiempo después, Bruno encontró a la mujer de su vida con quien vive feliz. Lo único que Arturo lamentó es haberle mentido para hacerle este favor, pero bueno ¿para qué están los amigos?

 

Casi

ChEMO y mEMO se la pasaban diciendo que la vida era una mierda y que preferían mejor morirse a estar siempre felices como todos los demás.

Un día el Destino quiso darles gusto. Un automóvil en sentido contrario a toda velocidad se llevó a ChEMO quien murió al instante. mEMO se salvó por un pelo, así que al otro día tiró toda su ropa negra y comenzó a sonreír hasta que le dolió la cara. No fuera a ser que el Destino quisiera venir a terminar lo que dejó inconcluso.

 

En sueños

—Qué extraño, siento como si en otra vida hubiéramos sido novios. —me dijo Ariadna, la secretaria de mi amigo Benito, cuando ya me estaba despidiendo.

— ¿En otra vida? ¿En serio? Qué raro —fue lo único que se me ocurrió contestar, y salí de la casa productora pensando en qué significaba eso ¿Me está tirando la onda? Claro, qué pendejo. Estaba tan desacostumbrado que ni siquiera me di cuenta del flirteo. Así que regresé, aunque ya llevaba varias cuadras de camino al metro (en esa época no llegaba a coche), y la invité a tomar algo cuando saliera de trabajar.

— ¿Cómo? Ah, ¿es por lo que te dije? ¡Uy! No me malinterpretes, pero solo sentí eso ¿estuvo mal que te lo dijera? ¡Perdón! Leer más