Libertad

Lo primero que cargó fue el bombo. Por obvias razones, parecía el más difícil de llevar, era el elemento más voluminoso de su instrumento. No metió los demás tambores adentro, como siempre hacía, pues iba a pesar mucho, y no sabía la distancia exacta que debía cargarlos. Chalo pensó que resultaría más fácil cargar pieza por pieza. Pero no. Aunque la subida en ciertas partes no estaba tan empinada, todo terminó pesando un chingo. Cargar los fierros le había costado mucho trabajo. Los stands de los platillos, del hi hat, parecía que pesaban toneladas. No es que no lo supiera, tenía claro que su instrumento es el menos ligero de todos, además no era la primera vez que cargaba su batería él sólo, haciendo miles de viajes acarreando cada pieza, pero sí la primera vez que lo hacía subiendo un cerro. Leer más

Gordo

Selene y yo crecimos juntos. Jugábamos los mismos juegos con todos los demás niños de la cuadra: futbol, las traes, bote pateado. Ella era la única niña, las demás se entretenían dentro de sus casas o departamentos con juegos menos rudos, las muñecas y la casita. Selene era uno más de nosotros. Una niña con actitudes de niño. Hasta que un día jugando a las escondidillas Arturo y Selene no aparecían, el juego terminó y todos nos dimos a la tarea de encontrarlos. Por más que los buscábamos no los podíamos hallar. Rulo, el hermano de Arturo hasta se empezó a preocupar. No era para tanto, pensé, ni yo que era su pariente me sentía angustiado. Mi mamá siempre me decía que tenía que cuidar a mi prima pues era la única mujer jugando con nosotros. Claro, luego sabría por qué de la preocupación de Rulo. Éste temía lo peor, y sus sospechas resultaron ciertas. Nadie podía encontrar a Selene y Arturo porque ellos no deseaban ser encontrados. El más chico de la pandilla, Ciro, que había corrido tres cuadras hasta el lote baldío vino con el chisme: allá están besándose, dijo entre risas. Leer más

La droga

No sabía si ya me había hecho efecto, nunca calculaba el tiempo que tardaba en pegarme. Así que me recosté y cerré los ojos, esperando. Entonces me vi a mí mismo convertido en alguien más, matando a mi hermano y huyendo despavorido, convirtiéndome entonces en muchas personas, miles , golpeado por gentes con látigos en grandes carrozas.

Me vi siendo un pueblo escapando por el desierto, siguiendo una nube, siguiendo una llama de fuego. Me vi en un palacio rodeado por doncellas e inmediatamente después me encontré en una choza, acompañado sólo de animales.

Sentí entre mis piernas un camello, luego un burro, después un caballo cabalgando. Manejé una carroza por un sendero, luego un automóvil, y al final un avión, disparando al enemigo. Vi a lo lejos un hongo inmenso que me cegó y cuando pude ver de nuevo, tenía el vientre inmenso y los brazos flacos y débiles, giré mi cabeza con dificultad y vi que alguien me alimentaba con una cuchara llena de moscas.

La escena cambió, y me vi en un yate, tostándome al sol, y a mi lado una rubia que como único vestido usaba lentes oscuros, me sonreía. Me vi entonces en un púlpito dando un sermón frente a cientos de personas que me gritaban: ¡Sáname! ¡Sáname!

Y después estaba gordo, enfundado en un traje, detrás de un escritorio inmenso, viéndole las piernas a mi secret… sentí que alguien me tocaba el brazo y salté. Era Eva, que me hablaba y se reía.

—Regresa, regresa, ya llevas mucho tiempo —me dijo.

Entonces vi el verde de los árboles, el sol, los hermosos pechos desnudos de mi compañera, y en mi mano, la manzana recién mordida.

— Ya van varias veces que la pruebas y siempre pienso que no vas a regresar. ¿Tanto te gusta, Adán?

— Me encanta —le dije, mientras la abrazaba, caminando sin prisa, felices por los verdes senderos del Edén.

 

Publicado por primera vez en la revista Sub 2, subgéneros de subliteratura subterránea (1997).

 

 

Contrato

Iba caminando por la Condesa para reunirse con su mánager cuando se lo encontró.

—   ¿Ya escuchaste mi demo?

—   No he tenido tiempo —dijo Roto sin disimular el fastidio que esto le causaba.

—   Es que me interesa mucho tu opinión.

— Era un CD, ¿verdad? Ni siquiera tengo donde ponerlo. Escucho toda mi música en iPod o en la Air, y esa ya ni tiene donde meterlos —Pensó que esa era la excusa perfecta. En realidad no tenía la Air. No le alcanzaba para comprarla. Aún tenía aquel modelo muy viejo, pero no tenía dinero para deshacerse de él y conseguir otro. Tampoco quería. Ahí tenía todas las sesiones de Los Desesperados y las últimas canciones que había compuesto, grabadas sólo con guitarra y voz. Le daba miedo cambiar de compu y perderlo todo. Era más cómodo seguir con el mismo software a estar sufriendo con las actualizaciones.

—Entonces te paso el link del soundcloud ¿va?

—Ok

Roto vio cómo aquel fan de diecinueve años escribía en un papel las indicaciones para que escuchara su música. Cosa que definitivamente no iba a hacer. Qué hueva. Este güey se la pasaba en primera fila en todos los conciertos de su banda, siempre estaba esperándolo afuera del lugar donde tocaran, y luego estaba a la salida para saludarlo. No se acordaba ni siquiera de cómo se llamaba. La única vez que le preguntó su nombre fue para firmarle un autógrafo, uno de los primeros que Roto escribía. Al principio se sentía de poca madre tener un fan from hell, pero al pasar los meses comenzó a hartarse. Que se buscará una vida. Leer más

La negrita

Y bueno, el cuento de la negrita sigue así: después de haber viajado tanto por todo el país, regresa a su costa amada pa’ seguir en el malecón gritando: ¡vendo pescado frito con limón!

Y si supieran las cosas que pudo ver, que no se parecían nada a los sueños de su niñez, la negrita no comprende de dónde fue que salió el cuento ese, que en otro lugar vives mejor.

Porque es muy fácil de pensar que hay que viajar para triunfar, que aquí no hay oportunidad, que en otro lado sí la habrá. Y aunque experiencia ella adquirió, nunca se pudo olvidar que su cadera al caminar lleva el ritmo de la mar.

Por eso un día nublado se regresó, y vio que acá en su puerto siempre calentaba el sol, y cuando alguien le pregunta de las cosas que aprendió contesta: que viajar a veces no es mejor; que quedarse al sol es lo mejor; que vende pescado con limón; que si lleva uno, lleve dos, porque al rato to’ ya se acabó; que ella prepara siempre el mejor; como éste no hay dos en el malecón.

“¡Ah! pero eso sí: duro al trabajo. No se vaya usté a dormir como dicen que pasó a mi amigo el camarón. O como al señor cangrejo, que por andar de crustáceo, se lo comieron al ajo. O como a este pescadito que tiene el ojito azul. Creo que viene de lejos y mire usted dónde fue a dar. Más le valdría regresar con sus pececitas güeras. Por eso a mí la corriente me ha regresado a mi hogar, porque un pez de agua salada en río no puede nadar.”

 

En estos días se cumplen veinte años de la salida del disco RE. Quiero celebrarlo con esta canción-cuento. La música y también la primera frase: “Y bueno el cuento de la negrita sigue así…” son de mi hermano Quique. Lo demás lo escribí yo.

Amigo

Llevaban más de un año separados, y, aunque Natalia le había hecho la vida imposible mientras estuvieron juntos, Bruno nunca dejó de extrañarla.

Se lo hizo saber a todo el mundo, amigos y familiares: no podía vivir sin ella, pero al mismo tiempo relataba las cosas malas que le había hecho. Así que la situación era muy extraña, con cada anécdota los cercanos a Bruno odiaban más y más a Natalia, mientras él aún deseaba estar con ella.

Un día sin que nadie lo supiera, se juntaron. Bruno y Natalia hablaron de una posible reconciliación, lo intentarían de nuevo. Arturo, su mejor amigo, sabía que esta mujer no le convenía, pero no había forma de hacerlo cambiar de parecer. Cuando Bruno le contó la posibilidad de volver, era tanto su entusiasmo, que parecía sufrir de amnesia: no recordaba que habían sido más los malos momentos en su relación, que los buenos.

Arturo lo meditó solo unos segundos, pero estaba decidido:

— Bruno, antes de que hagas cualquier cosa, creo que hay algo que deberías saber: mientras ustedes no estaban juntos, tuve un affaire con Natalia.

Arturo le contó cómo su ex le había hablado una noche, y cómo terminaron en la cama no solo una, sino varias veces. Que Natalia habló muy mal de él, y que no entendía cómo ahora podían pensar en regresar.

—Lo siento, soy tu amigo y te lo tenía que contar. Seguramente ella lo negará todo, pero te aseguro que es cierto. Perdóname.

 

Bruno no lo perdonó. Dejó de hablarle para siempre. Tampoco regresó con Natalia. Aunque Arturo estuvo triste, cumplió su cometido. Poco tiempo después, Bruno encontró a la mujer de su vida con quien vive feliz. Lo único que Arturo lamentó es haberle mentido para hacerle este favor, pero bueno ¿para qué están los amigos?

 

Casi

ChEMO y mEMO se la pasaban diciendo que la vida era una mierda y que preferían mejor morirse a estar siempre felices como todos los demás.

Un día el Destino quiso darles gusto. Un automóvil en sentido contrario a toda velocidad se llevó a ChEMO quien murió al instante. mEMO se salvó por un pelo, así que al otro día tiró toda su ropa negra y comenzó a sonreír hasta que le dolió la cara. No fuera a ser que el Destino quisiera venir a terminar lo que dejó inconcluso.

 

En sueños

—Qué extraño, siento como si en otra vida hubiéramos sido novios. —me dijo Ariadna, la secretaria de mi amigo Benito, cuando ya me estaba despidiendo.

— ¿En otra vida? ¿En serio? Qué raro —fue lo único que se me ocurrió contestar, y salí de la casa productora pensando en qué significaba eso ¿Me está tirando la onda? Claro, qué pendejo. Estaba tan desacostumbrado que ni siquiera me di cuenta del flirteo. Así que regresé, aunque ya llevaba varias cuadras de camino al metro (en esa época no llegaba a coche), y la invité a tomar algo cuando saliera de trabajar.

— ¿Cómo? Ah, ¿es por lo que te dije? ¡Uy! No me malinterpretes, pero solo sentí eso ¿estuvo mal que te lo dijera? ¡Perdón! Leer más

Deseo

Inexplicablemente, el hada se sentía atraída por el mosquito. Se avergonzaba de ese deseo que la hacía seguirlo a todos lados, observando cómo chupaba la sangre por aquí y por allá. ¿Cómo era posible —pensaba la hermosa hada— que me guste tanto este ser repugnante?

Siendo los dos del mismo tamaño, se imaginaba escenas inconfesables. Volaba muy cerca de él para llamar su atención, pero el insecto prefería alimentarse de los seres humanos que hacerle caso.

Sin embargo un día el mosquito volteó a verla. El hada movió sus alitas con excitación, “este es el momento”, pensó. El mosquito se acercó a donde ella lo esperaba volando sin desplazarse. La picó como ella tanto había deseado, y, por supuesto, succionó su sangre. El hada llegó al orgasmo al mismo tiempo que el mosquito la dejaba vacía, y cuando éste se dio cuenta de que no había más, que ya no podía alimentarse de ella, la dejó caer inerte al suelo.

El deseo del hada se había cumplido, aunque moría, no tenía duda de que este era el mejor momento de su vida. Para el mosquito no. El hada solo fue una víctima más de su insaciable sed.