1992

Estaban muy raros. Pálidos, con ojeras, como si no hubiesen dormido en siglos. Vestidos todos de riguroso negro. Parecían felices, y a la vez inexorablemente tristes. Por eso Doña Margarita pensó que quizá estaban de luto, que habían viajado al Distrito Federal, como ella, para un entierro, y ahora volvían a Monterrey en el tren nocturno. Iban cantando, bajito, como para ellos, como si estuvieran solos, pero todos podían escucharlos. Sí, cantaban. No es extraño que el dolor lleve a la gente a hacer cosas inusuales. Como emborracharse más allá de lo razonable para no sentir, sumergirse en el vaso de alcohol y olvidar. De hecho, eso fue lo que ella había estado haciendo desde el velorio. Toda una vida sin beber y ahora se enteraba de lo bien que le caía el vino ¡cómo la había aliviado esa cubita que le sirvieron en Gayosso la otra noche! Al parecer alguien había metido de contrabando una botella de Bacardí y unas cocacolas y, aunque estaban muy tristes, todo el mundo se había puesto tan alegre como estos pobres muchachos que ahora cantaban en inglés una canción que ella no conocía: Jumping someone else´s train, jumping someone else´s train, jumping someone else´s train. No es que pensara que tenía que sabérsela, en realidad ella prefería a Agustín Lara pero le habría gustado cantarla para acompañarlos en su dolor.

Por eso no se quejaba, como lo habían hecho los de otra mesa del vagón restaurante que reclamaron a los meseros y exigieron les llevaran su comida al camarote, aunque estaba prohibido. Es que los muchachos sí estaban cantando un poco fuerte, pero pues qué importaba. Tal vez esa canción era la favorita de su amigo muerto, pues la repetían una y otra y otra vez. Esa parte sí la entendía: again and again and again and again. Tenía ochenta años pero no era tonta, no. En su juventud había aprendido inglés. Allá en Monterrey era necesario. La frontera estaba cerquita.

Le pidió al mesero otra cubita con hielo y se acercó a una de esas jóvenes, una que no estaba cantando y se limitaba a mirar por la ventana. El tren se movía despacito, parecía que jamás iba a llegar a Monterrey. La joven era casi una niña, y parecía aún más triste que los demás. Triste, triste.

— ¿Vienen de un velorio m´hija?

— ¿Un velorio?

— Sí, todos de negro. Parecen tristes ¿Se les murió un amigo como a mí?

— No, señora, no estamos tristes. Tampoco es que estemos alegres. Vivir es una mier… perdón, vivir no es tan agradable.

— Una mierda, sí. Bueno, depende cómo te haya ido en la vida. Entiendo. Hay quien dice que es un Valle de Lágrimas ¿Qué estás tomando? ¿Nada? ¿Quieres de mi cuba?

La joven dijo que no con la cabeza. Casi sonríe, Doña Margarita la descubrió, pero no fue más que una mueca.

— ¿Entonces a qué van a Monterrey? — preguntó Doña Margarita.

— A ver a The Cure.

— ¿Qué?

— The Cure. La cura.

— ¡Ah! ¿Están enfermos? ¿De tristeza? Entiendo.

— Exacto. Eso es. — y entonces la niña sonrió y Doña Margarita se sintió bien consigo misma. No le gustaba ver a alguien tan joven tristeando por ahí.

Doña Margarita vio entonces que la jovencita estaba vestida casi igual que ella, aunque tenía sesenta años menos: falda negra, camisa de encajes, negra también, muy elegante. Sus peinados eran similares, sujetos con infinidad de pasadores. No sabía que los jóvenes se siguieran peinando así. Incluso traía un suéter muy parecido al suyo, negro. Daban la impresión de venir del mismo velorio. Nieta y abuela. Ella no tenía nietas, así que le dio algo en el pecho, como si le faltara el aire. Bien podría haber sido su nieta, sí. Como ya estaba un poco tomada volteó a ver los zapatos de la niña, y sí, se parecían, también se parecían.

— Te quedaría muy bonito mi sombrero — dijo Doña Margarita imaginando que se lo regalaba — tiene hasta un velo. Muy elegante. Es bueno usarlo en los velorios y entierros, así no la ven llorar a una. Pero bueno, yo fui a este velorio y no lloré. No pude.

La niña no tuvo tiempo de contestar pues un muchacho llegó a decirle algo al oído. Ella respondió que no, y el muchacho se fue.

— ¿Es tu novio?

— No. Él quiere, pero yo no. Bueno, no sé.

— Deberías hacerle caso. No se ve tan mal partido.

Era verdad. Doña Margarita checó a detalle cada una de las prendas que el joven traía puestas. Era su forma de medir a las personas. Así la había educado su mamá, y gracias a eso no le había ido mal en la vida. Unos zapatos bien boleados dicen mucho más de una persona que la forma en que habla o se comporta. Este muchacho traía sus botas negras muy brillosas, como diamantes negros. Doña Margarita no entendía por qué usaba agujetas blancas, pero la verdad es que estas también estaban muy pulcras, sin una sola mancha. Las botas militares no cuadraban con el traje negro que traía. El pantalón y el saco estaban muy bien planchados. Usaba una camisa negra con los botones cerrados hasta el cuello, que le daban un aire de seriedad que muchos jóvenes en la calle no tenían. También ayudaban esos lentes. El armazón le recordaba algo, a alguien. Seguramente algún amigo suyo los usaba igual. Al fin pudo recordarlo, y las lágrimas le brotaron, pero no hizo ningún ruido.

— ¿Está bien señora?

— Sí, no te preocupes m´hija. Es que tu novio se parece al amigo que acaba de morir.

— Lo siento.

— Gracias m´hija. Yo también lo siento. Sobre todo lo siento porque vine a verlo cuando murió y no cuando estaba vivo.

— Lo quería mucho ¿verdad?

— La verdad no. Por eso no me fui con él. No quiso que nos casáramos. ¿Para qué? me dijo, si ya estamos viejos. Pero mejor le hubiera hecho caso.

Doña Margarita se dio cuenta de que su vaso ya estaba vacío y le llamó al mesero, que no dejaba de mirar hacia donde estaban los jóvenes raros.

— Tráigame otra cuba. Y algo para mi nieta. ¿Qué quieres?

— Pues otra cuba igual.

Las dos mujeres se sonrieron. El tren comenzó a moverse de nuevo y pronto tomó velocidad. El traqueteo de los vagones era un sonido que la tranquilizaba. Doña Margarita se limpió las lágrimas con una servilleta, pero le salieron más. Por las ventanas ya no se veía nada. Una luz a lo lejos, si acaso, y mucha, mucha neblina, como si fuera otro país y no México. El mesero llegó con las dos cubas.

— Por su curación ¡Salud! — dijo Doña Margarita.

— ¡Salud!

— ¿Y cómo es eso? la curación ¿hay algún doctor? ¿los va a poder ver a todos?

La niña sonrió más que nunca. Le dio un trago a su cuba con deleite.

— Sí, la curación es por medio de la música. El doctor se llama Robert, Roberto. Canta y toca la guitarra. No es guapo, pero tampoco feo. Es Roberto, nada más. Tiene unas canciones increíbles que nos curan el alma. A muchos de nosotros no nos gusta el mundo en que vivimos, algunos, incluso, nos gustaría mejor morir, pero las canciones de Roberto nos reconcilian con la vida. Es quizá por lo único que seguimos aquí.

— Entonces deben ser canciones muy bellas, si evitan que mueran.

— Sí.

— Pero ¿en serio te quieres morir m´hija?

— A veces.

—Igual te vas a morir cuando tengas que hacerlo. Eso dicen. Por eso no te voy a contar todas las cosas que te faltan por vivir. Parece que eso no importa.

La jovencita en un completo asombro abrió los ojos desmesuradamente.

— ¿Qué pasa m´hija? ¿Dije algo malo?

— No, al contrario. Es que pensé que me iba a regañar por querer morirme, como todos. Como mamá, papá, mis abuelos.

— Será porque te quieren.

— Sí, tal vez.

— Lo que yo he visto es que la gente no decide cuándo morirse. Y mira que he visto mucho ¿Eh? Fíjate, ahorita yo tengo ganas de morirme. Pero aquí estoy. Todos los que conocí de joven ya están muertos. He durado más que ellos. He visto irse a niños, muchachos, muchachas, adultos y viejos. Supongo que el doctor ese, Roberto, canta puras canciones felices y que hablan de la vida ¿no? para no morirse

— No, al contrario. Son canciones tristes. Algunas hablan de la muerte.

— ¿Roberto también se quiere morir?

— Pues ahora que lo dice, sí, parece que sí. No lo había pensado.

— ¿Ya ves? Sería el primero en morirse y no se va. ¿Tú quieres que se muera?

— ¡No!

Doña Margarita soltó la carcajada. Y aunque la joven se espantó por el sonido de esa risa como de bruja, terminó por unírsele. Rieron un rato, sin saber exactamente por qué.

— Y a todo esto ¿cómo te llamas m´hija?

— Brenda.

— Mucho gusto, yo me llamo Margarita. Ven, ayúdame. Ya me quiero ir a dormir ¿me acompañas? Así te pruebas el sombrero.

Doña Margarita se fue apoyando en el brazo de Brenda durante todo el camino. Cruzaron el vagón restaurante y llegaron a donde estaban los camarotes. La señora abrió su bolso de mano y sacó la llave. Saco un maleta redonda y la destapó. Adentro había un sombrero negro, tal como lo había descrito.

— Pruébatelo, a ver cómo te queda.

Brenda tomó el sombrero con sus dos manos, y lo escrutó con los ojos muy abiertos. Parecía que jamás había visto uno.

— ¿Que me lo pruebe?

— Sí. Ahí está el espejo. Ándale.

Brenda se lo puso y se miró en el espejo. Bajo la malla no se notaba que estaba sonriendo de felicidad.

— Te queda muy bien. Te lo regalo.

— Pero…

— Llévatelo. Yo no creo que me lo vuelva a poner.

— Bueno, gracias.

— También su veliz, para que no se te maltrate.

Brenda se lo quitó de la cabeza para meterlo en la maleta que Doña Margarita le daba. Pero parecía que lo quería traer puesto por siempre.

— Bueno, me voy a dormir. Fue un gusto conocerte Brenda.

— Igualmente, señora.

— Dime Margarita. O mejor Maggie. Siempre quise que me dijeran así.

— Buenas noches Maggie. Y gracias por el sombrero.

— De qué.

Doña Margarita se sentó en su cama y se recostó un poco. Cerró los ojos pero los volvió a abrir. Brenda ya estaba cerrando la puerta del camarote.

— ¿Oye? ¿Y me puedes llevar a ver al doctor ese, Roberto?

— ¡Claro!

— Quiero también tener un motivo para no morirme.

La joven se quedó un rato viéndola. Doña Margarita prefirió cerrar los ojos a sostener esa mirada. Poco a poco el traqueteo del tren la fue arrullando. Sabía que en cualquier momento se quedaría dormida. Ni siquiera supo cuando su nueva amiga, que pudo haber sido su nieta, cerró la puerta del camarote para que pudiera dormir. El tren todavía tardaría mucho tiempo en llegar a Monterrey. Si llega.