El grito

Lo primero fue el chile. Dejó de comerlo cuando por fin aceptó que le caía mal: agruras insoportables, y además el clásico efecto del Chile Campana, que pica al comerlo y repica al descomerlo. Lo más interesante no fue darse cuenta que se sentía mejor al evitar el picante en las comidas, sino saber que podía cambiar. Siempre pensó que jamás podría dejar el serrano, el jalapeño, el habanero, hasta que lo intentó.

Lo que siguió fue el alcohol. Ese le costó más trabajo pues consideraba que le ayudaba a soportar un sin fin de cargas que la vida le había impuesto con los años. También le servía para celebrar que estaba vivo, pero al mismo tiempo terminaba cantando que la vida no vale nada, cuando ya bien pedo se acercaban los mariachis. Sin tequila la música ranchera ya no tuvo el mismo significado de antes. Ahora, los fines de semana tenía tiempo suficiente para hacer cosas distintas. El lunes se levantaba temprano sin esa cruda mortal por haber bebido de manera escandalosa el viernes y sábado, y pasar el domingo curándosela.

Como si fuera el paso natural a seguir se empezó a levantar más temprano, era el primero en llegar a trabajar y el último en irse. Se dio cuenta de que era afortunado por tener esa chamba, aunque era el único que pensaba así. De sus compañeros sólo escuchaba quejas. Ellos comenzaron a sospechar de él ¿por qué estaba trabajando de más? Es un barbero, decían. Les dijo sus planes, y les propuso trabajar en equipo y lograr así un mejor desempeño. Todos saldrían beneficiados, sin embargo no pudo comprobar su teoría pues el jefe le ofreció un puestazo que implicaba ser parte de unos movimientos corruptos que lo harían millonario. Renunció.

Esa noche, en sueños, se le apareció Cantinflas.

— La estás cagando, chato. Los mexicanos, cómo te dijera, no somos así. ¿O quieres dejar de serlo? Porque mira, si no comes chile ni tomas tequila ¿dónde quedó la mexicanidá? Y eso de levantarse temprano, óigame usté, ¿cuándo se ha visto? Los mexicanos somos parranderos, mujeriegos, y sobre todo, más que nada, no se te olvide: corruptos. Si no te enderezas chato, te voy a mandar a Pedrito Infante, pero en su inolvidable papel de Pepe El Toro, para que te dé unos catorrazos si no quieres entrar en razón.

Al otro día despertó como zombie, comenzó a caminar sin saber a dónde. Poco a poco se dio cuenta de que sus pasos lo llevaban hacia el centro de la Ciudad de México, al Zócalo. Caminó muchas horas, no quedaba para nada cerca. Con cada paso que daba se preguntaba lo mismo ¿tendría razón Cantinflas? ¿Había dejado de ser mexicano? No era un huevón, no era un borracho, no era corrupto, no comía chile.

Conforme caminaba hacia el Zócalo sentía una ligera comezón en la espalda, a la altura de los omóplatos. La comezón se fue acrecentando conforme se acercaba a ese lugar que alguna vez había sido el centro de Tenochtitlán, el antiguo México. La Catedral construida encima de templos a otros Dioses que los mexicanos parecían seguir adorando, una mezcolanza de religiones y creencias. La comezón ¿qué estaba pasando? Al cruzar por un aparador vio que la espalda se le abultaba abajo de la camisa. Se detuvo un momento a tocarse: le estaban saliendo alas. Siguió caminando hacia el centro, tenía que llegar. A su alrededor vio que algunas personas también estaban cambiando, sus manos se convertían en tenazas, como de alacrán, como de cangrejo. Se quitó la camisa porque las alas estaban llegando a su máximo tamaño, incluso las comenzó a batir, como reconociéndolas, pero aún no podía emprender el vuelo. Sí le ayudaron a ir más rápido, y fue un alivio porque todos lo miraban, se exaltaban por su transformación. Comenzaron a seguirlo. Los más osados intentaron cortar esas hermosas alas negro azabache que le habían crecido empleando las tenazas que tenían por manos. ¿Por qué a ellos solo les salían tenazas? No era justo.

Cuando llegó al Zócalo unos soldados se llevaban una pesada bandera que ya no significaba nada para él, una inmensa tela tricolor que alguna vez había servido para no entrar al salón temprano, para echar relajo los lunes por la mañana en las escuelas.

Llegó al centro, al mero centro de su Ciudad. Hordas de gente con manos de tenaza se arremolinaban a su alrededor. Chaz, chaz, chaz, se escuchaba el filo al abrir y cerrar. Querían sus alas.

El círculo comenzó a cerrarse, no tenía escapatoria sino hacia arriba. Debía, por fin, volar. Desplegó sus alas en toda su extensión, lo hizo sin miedo a que las tenazas lo alcanzaran. Las juntó de nuevo y con un fuerte impulso voló hacia el cielo. Sube, sube, sube. Los vio allá abajo frustrados moviendo sus tenazas. Chaz, chaz, chaz.

¡SOY LIBRE! Se gritó para sí mismo. A todos. Su grito de libertad resonó en todas partes.

Voló hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado, hacia otro. Todo lo vio de distinta dimensión. Lo que antes le pareció enorme ahora lo veía chico, y viceversa. ¿A dónde ir? No supo bien qué hacer con tanta libertad. Dudó, empezó a perder altura. Todavía le quedaba algo de mexicano en su alma: no se la cree. No pudo aceptar que por fin está volando libre.

Cae.

Podría salvarse en el último segundo, si cambiara su mente, si aceptara por fin que lo ha logrado. Pero ¿Debería estrellarse contra el suelo por osar cambiar su destino mexicano? ¿O volar para encontrarse a sí mismo más allá de patrias y banderas?

Alguien tendrá que decidir. ¿Tú?