Escama

En esa isla olvidada en medio del mar no pasaba nada. Salía el sol, se metía, aparecía la luna, desaparecía. Era un pueblo de pescadores. No les faltaba comida porque tenían el mar para ellos solos. Su única diversión era ver pasar los dragones volando. De día sus pieles reflejaban la luz del sol en mil colores. De noche llamaradas salían de sus bocas alumbrando de vez en vez el cielo poblado de estrellas. Era un espectáculo tan maravilloso, tan inasible, que la aldea en la isla se daba cuenta así de lo pequeña que era, de lo tan sin importancia de su existencia comparada con tal maravilla.

Ni siquiera soñaban con ser uno de esos jinetes de dragón cuyas armaduras brillaban igual que el animal fantástico que montaban. Imaginarse en esa situación, volando allá arriba, era demasiado para sus mentes simples. Y aun así, eran felices. Hasta que una escama cayó del cielo.

Al principio, la escama que brillaba a la luz del sol y de la luna era de todos, pero un día, el pescador que la había encontrado la reclamó como suya. Esa noche lo mataron, y la escama cambió de dueño. A ese lo mataron también. Así sucedió incontables veces: cada noche la escama tenía un nuevo propietario, cada mañana amanecía un muerto.

Poco a poco la aldea en la isla se fue despoblando. Hasta que quedó un solo dueño de la hermosa escama. Ese pensó que ahora nadie podría matarlo para obtener su tesoro, pero aun así, como les pasa a todos, con los años, se murió.

Los dragones todavía sobrevuelan la isla. Es un espectáculo maravilloso que ahora nadie ve. Los aldeanos tenían razón, la isla en medio del mar no era importante. Nunca un dragón ni un jinete, ha volteado hacia abajo para verla.