Falsa

—Ella tiene todos los contactos. Es amiga de todos.
—Si, ya me has dicho.
—Siempre me cuenta. Sale cada fin de semana y me cuenta. Me escogió como su amiga entre todas las del trabajo. Las demás son bien fresas, no saben nada de nada.

—Los de mi trabajo también. Puro pinche fresa.
—El otro día me contó que estuvo en una fiesta en donde estaba Cerati. Tocó el viernes ¿o no?
—Si, claro. Moría por ir.
—¿Sólo tú? Hubiera estado increíble.
—Pero no tenemos dinero.
—Sí. No tenemos dinero.
Se quedaron en silencio un rato, mientras cada uno le daba un trago a su caballito. Ya se habían empinado mas de media botella de tres cuartos en toda esa noche de sábado. Era su única diversión desde hacía meses, encerrarse en el depto, comprar un tequila y tomárselo mientras repasaban su colección de cds y casetes que entre los dos habían juntado a través de los años.
Ella estaba más borracha que él, pues habían establecido que siempre tomarían a la par el mismo número de caballitos cada uno. Él aguantaba más, pero también estaba borracho.
Se paró y cambió el casete que estaba sonando por uno de Soda Stereo.
—¿Y cómo será el Cerati ese?
—Guapíiiissssiiiimmoooo.—dijo ella levantando los brazos y echando la cabeza para atrás. Hacía eso a la menor provocación cuando estaba borracha.
—¿Ella te dijo?
—No, a ella le gusta el baterista.
—¿Zeta?
—Nombre, ese es el bajista.
—Sí cierto.
—Dijo que estuvo con Charlie Alberti toda la noche. En la fiesta.
El se quedó escuchando la rola que sonaba, “Paseando por Roma” haciendo un poco de air guitar y murmurando la letra que no se sabía muy bien. Ella lo miraba atenta.
—No le crees ¿verdad? A mi amiga ¿crees que es una mentirosa?
—¿Qué? ¡Yo ni dije nada!
—Te vi. Clarito te vi. Conozco esa sonrisa burlona que tienes.
—No sé de que me hablas.
Ella se paró y se puso a bailar. Estaba muy borracha. Quién sabe cuantos caballitos llevaba pero estaba pedísima.
—Se viste chingón. Tiene una chamarra de cuero que me encanta. La lleva al trabajo cada semana. Me gusta también como se pinta. Está un poco gordita, pero así les gustan a los hombres ¿o no? Gordibuenas.
—No sé. A mí me gustan como tú. —y la agarró por la cintura atrayéndola hacía sí. El tequila lo había puesto caliente. Ella se le restregó, juntó sus caderas a las de él al ritmo de Soda, pero cuando la iba a besar en la boca y a acariciarle uno de sus senos que tanto le gustaban, lo empujó.
—¡Me caga que no le creas a mi amiga! ¿Sólo porque está gorda no puede ser amiga de Saúl, de Cerati, de Pacho, de Manu? Ella me ha contado que los conoce y como en el trabajo nadie sabe quiénes son, por eso sólo me cuenta a mí. Me escogió como su amiga, a mí, nada más, porque las demás son bien fresas.
Él no dijo nada y se dio la vuelta.
—¿Qué? ¿Ya te di hueva? ¿Ya te vas a dormir?
—Nomás voy al baño.
—Mi amiga no es una falsa. Las demás del trabajo si ¿no me crees?
—Si, si. Claro que te creo.
Mientras pasaba por la mesa en dirección al baño agarró la botella de tequila. Aún quedaba mucho. Ahora no importaba si estaban tomando lo mismo o no. Ella ya no necesitaba más alcohol. Él sí.
Tenía muchas ganas de mear. Dejó la botella en el lavabo mientras se abría la bragueta. El chorro de pipí olía extraño ¿a tequila? eso le dio gusto.
Se quedó un rato mirándose al espejo.
Tomó un buen trago directo de la botella y salió del baño.
Cuando ella lo vio, lo abrazó y le dio un beso en la boca.
—¿Sabes qué? Tienes razón. Esa pinche gorda es una falsa. De seguro todas son puras mentiras.
Él dejó que ella lo siguiera besando. Esto se estaba poniendo interesante.
Ella lo tomó de la mano y lo jaló diciendo:
—Vente, vamos al cuarto ¿en serio no te gustan las gordibuenas?