Iluminación

Aunque Tatiana a diario hacía meditación, y era compasiva con los seres vivos que la rodeaban, no podía evitar enojarse cada vez que una empleada doméstica renunciaba abruptamente y la dejaba con un mar de problemas por resolver. Se encabronaba de veras, al grado de querer matar o agarrar a golpes a la muchacha en cuestión. Claro, ésta ya se encontraba a salvo a cientos de kilómetros en el pueblo del que decía venir. O quizá estaba a sólo unas cuadras, pensaba Tatiana, y la había engañado diciéndole que su papá estaba enfermo cuando en realidad había conseguido otro trabajo donde, por hacer menos, le pagaban mejor.

Le pasaba seguido, muy seguido. Entrevistaba a la muchacha y todas le decían que sí, que necesitaban el trabajo, que sí, que se quedarían por lo menos un año. Tatiana les pedía que le avisaran con semanas de antelación si es que pensaban irse, para poder conseguir a alguien más. Ellas le decían que claro que sí señora, pero no me voy a ir, necesito el trabajo para mandarle dinero a mi familia allá en mi pueblo. Quedaban en que, un fin de semana de cada mes, la muchacha podía ir a visitar a sus parientes. Está refeo por allá, señora, mejor trabajar aquí, en la ciudad.

Tatiana siempre confiaba. Estaba en su naturaleza confiar. Les pagaba lo justo, ni más ni menos. No les ponía uniforme como tantas otras señoras que conocía. La muchacha tampoco trabajaba de más, Tatiana no era una abusiva. Si le pedía que se quedara más tiempo con los niños se lo remuneraba, como si de horas extras se tratase. La muchacha en turno comía lo mismo que ellos. Aunque fueran casi banquetes, todo muy fino, gourmet: chiles en nogada, sushi, jamón serrano jabugo, carne de vaca de libre pastoreo. Los ingredientes de la cocina eran de la más alta calidad, y Tatiana no esperaba que la muchacha le agradeciera por ello, no, cómo creen, aunque secretamente se vanagloriaba de que ella sí sabía alimentar bien a sus empleadas domésticas. ¡Si supieran lo que me cuesta lo que se están comiendo! pensaba, y se sonreía. Sólo lo pensaba, nunca lo decía en voz alta, ni lo soltaba en las pláticas con sus amigas, señoras jóvenes todas que se quedaban después del yoga a tomarse un té verde. No todas eran así de cautelosas, otras sí despotricaban contra sus sirvientas, como ellas las llamaban. Ni cuenta se daban que era muy ofensivo decirles así. Tatiana jamás lo hacía. Sin embargo, cuando se iban sin avisar le daban ganas de gritarles en su jeta: ¡Gata! ¡Eso es lo que eres! ¡Una gata que se va así nomás! y se quedaba hecha una furia, pensando en que la susodicha era una malagradecida, que la ropa que le había heredado la había comprado en Estados Unidos, en Europa y que no estaba para nada maltratada, casi nueva, que los abrigos bien podrían servirle a algún pariente pues allá en el cerro seguro que hacía mucho frío en las madrugadas, temperaturas bajo cero quizá. Se sorprendía de su reacción, ella no era así, era un ser de luz que buscaba la paz. Pero sí, se ponía mal, tenía que aceptar ese sentimiento también. Tenía que aceptar TODOS sus sentimientos.

Lo que más le chocaba de que se fueran, era que rompían el equilibrio que hasta ese momento había logrado en su alma. La meditación que hacía todas las mañanas solo era posible si la empleada doméstica se levantaba a hacer el desayuno a los niños y los preparaban para ir el colegio. A veces escuchaba los ruidos de sus hijos al desayunar, sentada en su tapete de meditación, ese lugar en el que se sentía segura y en donde nada ni nadie la podía perturbar. La meditación le ayudaba mucho, después del divorcio no sabía qué hubiera hecho sin esa práctica diaria. Llegaba a la cocina cuando los niños habían terminado sus alimentos y entonces ella en persona los llevaba hasta el garage en donde el chofer ya los esperaba para dejarlos en la escuela. Ella lo hacía con mucho cariño y esmero, esos pasos eran importantes en la educación de sus pequeños. Le decía adiós con la mano a la Suburban que los llevaba y entonces se iba a su clase de yoga, nivel avanzado. Era buena gracias a su disciplina y entrega. Todo eso quedaba destruido cuando la sirvienta se iba de la casa, porque entonces tenía que levantarse ella para hacer el desayuno, y a veces se le tostaba el pan un poquito de más, o la yema del huevo quedaba dura, y sus hijos le reclamaban que así no les gustaba. No lograba vestirlos ni peinarlos, no sabía cómo, y se desesperaba y les gritaba, pues no había hecho su meditación matutina. El chofer a veces se iba con su ex marido (al fin y al cabo él era quien lo pagaba), así que tenía que ser ella misma quien llevara los niños a la escuela perdiéndose su clase de yoga. La verdad es que sin sus asanas no podía vivir. Y todo porque la sirvienta se había ido sin más, sin avisar, sin darle tiempo para encontrar un substituto digno y confiable. No era justo. Pero la de ahorita parecía que se iba a quedar mucho tiempo con ella, así que no había de qué preocuparse.

— Lo que pasa es que tu vieja tiene demasiado tiempo libre, por eso le dan esos ataques de pánico — dijo el joven.

— Ya ni me digas.

— Si no tuviera ayuda doméstica se cansaría y ya, no estaría piense y piense.

— Ja, hasta crees…

— Todas las mujeres deberían aprender de las chachas, que son las verdaderas iluminadas.

Tatiana escuchaba esta conversación a espaldas de ella en el Starbucks en donde se había metido a comprar un Chai Latte. Volteó a ver al joven, de reojo, en la fila ¿se estaba burlando? pero no pudo negar que despertó su curiosidad.

— Fíjate: dicen que vivamos el presente, que fluyamos y eso es lo que hacen las sirvientas. Dicen que se van a quedar a trabajar por mucho tiempo y en cualquier momento se van, como si todas esas promesas no contaran. Y cuando alguien tiene oportunidad de reclamarles, ellas no se dan cuenta de que hicieron mal.

— Estás loco, de veras. — le decía su amigo. Pero Tatiana quería que siguiera ¿cómo se le ocurría interrumpirlo?

— No tienen noción del tiempo. Cambian las cosas de lugar cada día. Por más que la señora de la casa les pide que hagan una rutina, siempre hacen lo que les nace. Lo hacen sin maldad. No se preocupan si van a encontrar trabajo o no, se arriesgan a perder lo que uno pensaría es su mejor chamba. Se embarazan, lo cual significa que no se cuidan ¿para qué? Todo mundo piensa que son tontas pero en realidad fluyen como nos recomiendan los gurús.

— Jajaja ¿y entonces? ¿Hay que ponerles un altar o qué?

— Yo digo que todos deberíamos imitarlas. Tu mujer debería imitarlas. Ser como las chachas si queremos alcanzar el nirvana.

— Neta estás loco. Yo quiero un café del día. Grande ¿tú?

— Un English Breakfast Venti.

¿Sería cierto? ¿Encontraban la iluminación las muchachas que trabajaban en su casa y ella no? Tenía ganas de preguntarle al joven de donde había sacado su teoría, tal vez la había leído en algún libro de Deepak Chopra, en alguna plática del Dalai Lama. El tipo se veía muy normal. Nada en sus maneras demostraba que era un hombre con una búsqueda espiritual. Se estaba burlando, eso era todo. Era un cínico. Cuando le entregaron el café hirviendo le dieron ganas de aventárselo en la cara para desfigurársela. ¿Cómo se atrevía a burlarse de cosas tan sagradas? La iluminación, el nirvana. Salió de la cafetería muy encabronada.

Pero al paso de los días la teoría del joven le resonaba en la cabeza. Aunque se volvía a enojar al recordarla, sentía que este joven podía tener razón, estar en lo cierto. Por más que la buscaba ella no encontraba paz.

Como si todo estuviera planeado (y claro que lo estaba, el Universo nunca se equivoca) la sirvienta en turno le dijo que se tenía que ir de urgencia a su pueblo, porque le habían hablado la noche anterior al celular que su sobrina estaba muy mala y tenía que ir a cuidarla porque su hermana, la mamá de la niña, estaba enferma, tenía una pierna rota y no se podía mover. Que nadie le podía ayudar porque había una epidemia de gripe en el pueblo y todos estaban en cama. Tatiana le dijo que sí, que estaba bien, que cuánto le debía. Sacaron cuentas juntas y hasta le dio algo de dinero a la muchacha para que ayudara a la hermana inválida y al pueblo entero.

— Pero yo regreso pronto, señora, de veras.

— Sí, sí, no te preocupes.

Sabía perfectamente que no iba a regresar. No importaba, al contrario. Tenía ganas de poner en práctica aquello que había escuchado en la cafetería: quería comprobar por ella misma las palabras cínicas del joven.

Durante la primera semana y la segunda Tatiana sufrió mucho. No podía con el quehacer. Pero poco a poco fue aprendiendo. Se levantaba temprano para hacer el desayuno y levantar a los niños. Aunque le salía mal casi todo trataba de no desesperarse. Ponía toda su atención en lo que estaba haciendo, sabía que esa era la forma correcta de actuar. Había leído en un libro llamado “Atención Plena” que así podía meditar: haciendo de comer, lavando trastes, barriendo el piso. Decidió aplicarlo. Llevaba a los niños a la escuela ella misma, como si fuera una tarea más de su trabajo espiritual. Regresaba a casa a hacer el aseo. Barría todos los cuartos y la sala, poniendo toda su atención en ello. Trapeaba, lavaba la ropa. Algunas prendas a mano con Vel Rosita, como siempre había escuchado que se hacía con la ropa fina, aunque echaba demasiado producto y siempre se hacía mucha espuma. Luego aprendió. Hacía de comer. No sabía cocinar pero eso no la desanimaba. Iba por los niños a la escuela. Platicaba con las maestras y con las otras mamás, cosa que jamás había hecho. Sentaba a sus hijos muy derechitos a la mesa. Cuidaba que comieran despacio. Después de la comida revisaban la tarea que les habían dejado. Buscaban cosas en Google y llenaban cartulinas con el tema que presentarían los viernes. No permitía que vieran televisión y en cambio hacía actividades con ellos. Coloreaban mandalas. Recortaban dinosaurios para hacer un móvil. Salían al parque a andar en bicicleta, enseñó a su hijo mayor a andar en ella sin rueditas, algo que nadie se había ocupado de hacer aunque el niño ya llegaba a los ocho años de edad. Lo lograron en un tiempo récord. En la noche los bañaba. Les hacía de cenar algo nutritivo y no el cereal Frutti Loopis que siempre les daban las muchachas (se enteró por sus hijos, no lo sabía). Los llevaba a la cama y les contaba un cuento. Quería hacerlo solo para el más pequeño, pero como nunca lo había hecho, el de ocho años se apuntaba para escucharlo también. Tatiana no supo de dónde le salían tantas historias, pero sus hijos estaban felices.

Cuando por fin se dormían los niños se descubría agotada. Ni siquiera le daba tiempo de bañarse. Se quedaba dormida sin darse cuenta, vestida.

La misma rutina la repitió durante más de un mes, dos. Durante todo ese tiempo no había meditado una sola vez como antes, sentada en su tapete. Tampoco había asistido al yoga, pero ensayaba posturas durante el aseo. Le sorprendió lo bien que se sentía. No había tenido ninguna crisis de ansiedad ¡Si apenas había tenido tiempo de pensar en algo más que en hacer todo el quehacer! Se dio cuenta que esta era la mejor decisión que había tomado en su vida: no tener sirvienta.

Un sábado que su ex se había llevado a los niños se encontró con sus amigas. Todas la llenaron de elogios por lo bien que se veía. Pasa la receta, dijeron.

— Despidan a sus sirvientas.

Todas la tildaron a loca y se lo dijeron. Sin ellas no podrían hacer nada, solo de pensarlo se ponían ansiosas, a una hasta le empezó a dar un ataque de pánico.

— Inténtenlo. Tres semanas, nada más.

Nadie le hizo caso, pero cuando a una se le fue la sirvienta, aceptó el reto. Luego hubo una segunda, una tercera. Al rato no se tenían que ir, las mismas señoras las corrían al ver lo bien que les sentaba a las otras hacer el quehacer por sí mismas. Una de ellas se fue al extremo, como no tenía familia, dejó su trabajo y ofreció sus servicios como empleada doméstica en una mansión.

Todas estaban felices, se sentían plenas, su vida tenía sentido. Todo gracias a Tatiana, la veían ahora como su gurú. Le pedían que escribiera un libro, que abriera un Ashram. Pero ella no quería hacerlo, no se sentía digna.

— No fue mi idea, no fue mi idea — insistía.

— ¿Entonces de quién?

— De un desconocido.

— Sería un ángel disfrazado de mortal.

— Quizá…

Tatiana llegó a creérselo pero un día vio al joven saliendo del Starbucks con su amigo. Sin pensarlo, Tatiana dejó lo que estaba haciendo y corrió a abrazarlo. Era un abrazo de agradecimiento, de amor. En ese momento sintió que se desvanecía, que el mundo material dejaba de importar. Sintió que por fin todo se acomodaba y que no sentía deseo, ni rabia, ni siquiera felicidad. Había alcanzado por fin el Nirvana.

Se separó del joven, le hizo una reverencia y se alejó.

— Wow ¿Qué fue eso? — le dijo su amigo.

— Ni idea. Pero con esto confirmo una de mis tantas teorías: todas las viejas están completamente locas.