Maleta

— Vamos de poca madre… — dijo a todos y a nadie el Profesor Xavier, que se había incorporado a la gira aunque bien podía haberse quedado en casa. No era el único a bordo que salía sobrando, Rachel Tarnofsky tampoco era imprescindible, aunque nadie iba a correrla, ella misma -o su marido- pagaba sus pasajes, estancia y comida. Era un crew mínimo: un ingeniero de sonido, un secre y un monitorista que la hacía de tour manager. Eso era suficiente para el tipo de show que Los Chicle Bomba estaban dando por Europa. Aunque el Profesor Xavier era el mánager, hacia más la función de personal, acomodando el vestuario de los chicos y dándoles Gatorade al principio de la gira, para luego, conforme pasaban las semanas, Red Bull, que se convirtió en la bebida necesaria para aguantar. Ya en la última etapa de la gira se hacía necesario cualquier tipo de alcohol, hasta los tequilas chafas que llegaban por esas tierras. Y bueno, aunque el Prof los cuidara como niños chiquitos los Chicles se metían cocaína a escondidas de vez en cuando.

Hay que decirlo: la que hacía el trabajo de mánager era Rachel. Hablaba con todos desde ese pedestal en el que parecía haber nacido, pero, cosa rara, la mayoría se rendía a sus pies. Además conocía a medio mundo. Desde su iPhone se comunicaba con las personas más poderosas de la industria musical y conseguía lo que quería. Si bien el negocio de vender discos estaba por los suelos, el de las giras y festivales estaba despuntando. Rachel decía estar supervisando al grupo recién firmado por su marido, el director de Enough Rope. El Profesor Xavier lo creyó al principio, pero cuando notó que Rachel siempre se bajaba del elevador en el piso de Feder, el cantante de Chicle Bomba, incluso cuando era diferente a donde estaba su propia habitación, comenzó a sospechar de sus intenciones.

— No mames pinche Feder ¿Te la estás cogiendo? — le preguntó el Prof al otro día por la mañana, en el bufete del desayuno.

— …

— Sí, te la estás cogiendo. ¡Qué pinche suertudo!

— Yo qué…

— Pues sí, más bien es ella la que te está cogiendo a ti ¿cuántos años te lleva? No, mejor ni hago cuentas ¿qué le voy a decir a tu mamá?

Y es que aunque lo dijera en broma, esa era la preocupación más grande de Feder: ¿qué diría su mamá si lo viera en esta situación? No era algo que pudiera contarle. Si tuviera papá podría hablar con él abiertamente, aunque quién sabe. De todos modos si viviera estaría muy lejos. No tenía una figura paterna a quien acercarse, la persona de mayor edad que conocía era al Prof.

— ¿Tú crees que está bien?

— ¿Cómo no va a estar bien? Ya quisiera estar en tus zapatos. Nomás espero que estés usando condón. Digo, no vaya a ser.

— Sí, sí. Ella siempre trae.

— ¿Y cómo está? ¿coge rico? No, no, mejor no me digas, que me voy a morir de la envidia. Pero bueno, no importa, cuéntame sólo lo que quieras, seré una tumba.

Y Feder le contó que la primera vez él no se dio cuenta de lo que Rachel quería al acompañarlo a su cuarto. Ella dijo que estaba un poco tomada y que se le había olvidado el número de su habitación, y se había equivocado creyendo que estaba en ese mismo piso, pero ¡Ay que tonta! No se acordaba. Así que entró en su cuarto a hablar por teléfono a recepción. Feder no sabe explicar cómo es que acabaron desnudos en la regadera, bañándose. Tampoco sabe decir cómo es que siendo virgen hasta esa noche, supo que hacer. Parecía que todo había estado bien, pues Rachel durmió con una sonrisa y se despertó de la misma forma.

Cada vez había sido igual, después de tocar ella se bajaba en el mismo piso que él y decía que no se acordaba en dónde estaba su cuarto. Ya para la cuarta vez se reían cuando Rachel lo decía, era su chiste privado. Se la pasaban bien y conforme pasaban las noches Feder iba aprendiendo algo más.

— No mames. Entonces eras virgen. Pues te tocó una súper maestra. Felicidades.

— …

— ¿O qué? ¿no estás feliz?

— Psí, pero no sé…

— Tal vez estás cansado. Te están exprimiendo. A tu edad no importa, pero no estaría mal que le dijeras que te deje descansar una noche.

— ¿En serio?

— ¡Nombre! Jajaja. ¡Aprovecha ‘hora que hay!

Lo que Feder no le contó al Profesor era lo que realmente quería confesarle. Pero ¿cómo hacerlo? la tercera noche, la primera vez que Feder se puso detrás de ella, le pareció que se estaba cogiendo a Roto, el cantante de Los Desesperados, y no a Rachel Tarnofsky.

Fue muy extraño. Estaban en penumbras, pero la poca luz que entraba por la ventana les permitía verse. Rachel siempre apagaba todas las luces y abría de par en par las cortinas. Cada hotel tenía un paisaje distinto, a veces se veían las luces de la ciudad allá abajo, otras un edificio les tapaba la vista. ¿Nadie nos ve? preguntó Feder la primera vez. Si apagamos las luces no, y si sí, que disfruten el espectáculo, decía la gringa.

Feder veía el cuerpo delgado y blanco de Rachel como si fuera un fantasma en la noche debido a las luces de los autos pasando o por el resplandor de la luna en el cielo o por el gris plata del amanecer. Rachel lo guiaba sin mediar palabra, lo acomodaba pegado a su cuerpo aquí y allá. A veces lo jalaba fuerte, como si fuera un cachorro que estuviera siendo amaestrado. Feder hacía todo lo que se le pedía, o por lo menos lo que alcanzaba a entender. No se atrevía a preguntar en voz alta, porque una vez lo hizo y ella respondió con un Shhhh. Así que cuando Rachel se puso de rodillas e hizo que él se pusiera atrás, hincado, Feder se sacó mucho de onda cuando ella volteó a verlo, pues creyó ver a Roto. El corazón comenzó a latirle con más fuerza, desbocado. Se espantó así que quiso levantarse pero su cuerpo no le respondió, al contrario, tomó fuertemente a Rachel de la cintura y gracias a que ahora tenía una erección más potente, la penetró. Rachel volteó a verlo de nuevo, sonriendo con malicia. Pero no era ella. Era la sonrisa de Roto.

Seguramente el pelo, pensó Feder al otro día, ese corte que usaban tanto hombres como mujeres era lo que acrecentaba el parecido. También el perfil, visto en claro oscuro la noche antes, ayudaba a la confusión de Feder. No se había dado cuenta, a la luz del día, que se parecían ni tantito, pero ahora cada vez que la observaba veía más similitudes entre uno y otro: el color de piel, la estatura, la complexión. Los dos eran flacos y como andróginos. Encontrarles parecido no era lo que lo tenía preocupado, sino su reacción ¿le gustaba Roto? ¿sería esa la razón por la que Feder se había convertido en su fan from hell? Eso explicaría muchas cosas, porque hasta ese momento en que los vio tocar en vivo, a Feder le gustaba más otro tipo de música, más orientado a la electrónica, digamos. Prueba de ello eran Los Chicle Bomba, que basaban su sonido en la secuencia que salía de la compu de Peter, una Mac potente y nueva. Las composiciones y melodías venían de otro lugar, no de la influencia de Los Desesperados, guitarreros post punk.

La gira se desarrollaba en antros pequeños, bares pinches con escenarios minúsculos. Feder y Peter se sorprendían al descubrir, por firmas en la pared o pegados carteles, que ahí habían tocado todos: los Arctic Monkeys, los Dandy Warhols, los Tame Impala. Ningún grupo mexicano o latino había soñado nunca con una gira así. Empezaron en Alemania, abriendo los conciertos de Django Django, que tocaba en todos lados. Pero era muy aburrido en comparación con los Chicle Bomba, que con su apariencia naif y su desmadre, llamaba más la atención. Después de tocar en Francia, el mánager de Django Django les dijo que ya no podrían continuar abriéndoles sus shows. Nos tienen miedo, dijo el Profesor Xavier, cuando les dio la noticia a los Chicle Bomba.

Así que empezaron a tocar ellos solos. Pensaron que se iba a poner más difícil pero resultó todo lo contrario. No tenían que soportar a los fans acérrimos de ninguna banda, para ver si los aceptaban o no. El riesgo de eso es que a veces había muy poco público. Pero Rachel y el Prof decían que estaba bien, así se empezaba. Las carreteras al éxito de todos los grandes se habían hecho así, en veredas, que luego se convirtieron en caminos hechos de terracería, luego empedrado hasta ser una superautopista asfaltada. Feder no sabía decir si le gustaba esa imagen, esa analogía. En realidad a veces no sabía si quería seguir tocando, mucho menos construir un camino. ¿A dónde llevaba ese freeway? A la fama, supuestamente ¿era eso lo que quería? había noches que le costaba comenzar el concierto, y eso que llevaban muy poco como banda. Pero una vez que iniciaban, Peter y él se volvían locos. Era como si les dieran cuerda, como si les prendieran un interruptor en la parte de atrás para que comenzaran a moverse espasmódicamente. El efecto era choqueante. Había gente en el público que no sabía si sentir pena ajena y llorar o comenzar a reír. Pero pasados los primeros minutos de desconcierto esta misma gente los aceptaba y después no podía dejar de verlos y bailar hasta acabar amándolos. Los uniformes que traían ayudaban al efecto hipnotizante que causaban. Parecían robots, pero, como decía un periodista hípster español que hizo una reseña de su primera presentación en ese país, eran unos “robots hechos en una república bananera, artefactos cutres de un país tercermundista que no se quiere quedar rezagado en la carrera tecnológica.”

El show había mejorado desde aquella noche en el Caradura. Aunque tampoco había cambiado mucho. Lo naif, que era parte del encanto, seguía ahí. Pero tenían más tablas, y se notaban más seguros. Además, estando en un país como España, donde nadie los conocía, Peter y Feder se atrevían a hacer cosas sin pensar en el ridículo: como irse quitando la ropa hasta quedar desnudos y ponerse el calzón en la cabeza; tirarse una cerveza completa en el pelo, y tocar mientras el líquido resbalaba por su cara; aventarse al público que obviamente no los atrapaba para subir de nuevo al escenario y volverlo a hacer. Feder destrozó su Fender en el escenario a la The Who, y al otro día estuvieron batallando para encontrar una de repuesto.

En la tocada de Valencia Feder se bajó al público para seguir bailando mientras todos le hacían ruedita, cual boda o fiesta de quince años. Estaba muy borracho ya, pero eso ayudaba a que el show fuera más divertido. Feder buscaba pasos de baile que nunca hubiera hecho: el Moonwalk, los de James Brown, John Travolta, Twist, A go go. Se fue quitando la ropa mientras bailaba sensualmente. Un tipo de su misma edad y estatura se puso a bailar con él, muy pegado. Le acercó la boca para que lo besara pero Feder se echó para atrás mientras todo el público gritaba de júbilo. Feder se subió al escenario y Peter movió algo en la computadora para terminar la secuencia que se repetía infinitamente mientras Feder bailaba allá abajo. Acabó la canción y con ella el concierto.

Quedaron exhaustos, la gente aún gritaba allá afuera después de dos encores, pero ellos ya no iban a salir, ya no tenían rolas y además seguía otro grupo. Así que estaban en camerinos descansando, bebiendo cerveza y felicitándose por el éxito, cuando Rachel, que regresaba de la barra del bar de donde había visto el concierto, le dijo a Feder que su “pareja de baile” quería verlo, que estaba en la puerta ¿lo dejaban entrar?

— No, no, dile que no. Que estoy muy cansado.

Rachel desapareció un segundo y al volver le dijo a Feder, como queriendo que todos la escucharan:

— He got mad. And he says that you’re gay, but you don’t know it… yet.

Todos se rieron, incluso Feder, pero no dijo nada. Fue el profesor Xavier que mirando a Rachel dijo un “Sí, como no…”, que implicaba muchas cosas, pero nadie lo peló.

Feder siguió tomando hasta quedar muy borracho, Rachel lo llevó a su cuarto casi a rastras. El Profesor Xavier le iba a ayudar pero no quiso entrometerse, se notaba que la Tarnofsky lo tenía bien controlado. Rachel le quitó la ropa y lo metió a la cama y ya se iba cuando Feder la detuvo.

— ¿No te vas a quedar? ¿No vamos a hacer el amor? — le dijo en español, aunque ellos siempre se comunicaban en inglés.

— You’re too drunk. Get some sleep. — Le dijo Rachel con un tono claramente maternal.

— No quieres… — le reclamó Feder — porque soy gay ¿verdad?

Rachel solo se rio.

— I don’t care. I’m bi. What about you?

— No, no. No soy. No soy.

— Hey, don’t worry. Get some sleep. Do you need anything? water?

— I’m ok.

Rachel se fue cuando vio que Feder cerraba los ojos. Pero apenas esta salió, Feder se levantó de la cama para ver qué había en el servibar. Quería estar más borracho, olvidarse de todo. Se tomó la cervezas que había y una de las botellitas de whiskey. Se sintió peor y eso le gustó. Sacó su computadora y abrió su correo. Escribió un mail rápido:

“estoy enammorado de ti. no puedo dejar de pensar en verte.me di cuanta ahora estando lejos, espero verte pronto. Estoy asta la madreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

F”

Cerró la compu y sintió que el cuarto era demasiado pequeño. Se volvió a vestir con la ropa que Rachel había dejado en un sillón. Agarró el sobre de papel amarillo en donde traía todo el dinero que tenía (lo que trajo de México convertido a Euros, viáticos, algún pago, lo que había sacado de un cajero). Se metió dos rayas de cocaína, toda la que tenía, se puso la tarjeta llave en una bolsa del pantalón, y salió del cuarto. Esperaba no encontrarse con los demás, con Peter o el Prof o alguno de los inges. Algunas noches después del concierto se quedaban en el lobby, en el bar del hotel, que a veces estaba abierto, o si no, el Prof lograba que lo abrieran y les sirvieran unas cervezas. Se quedó en el elevador con la puerta abierta para escuchar. Parecía que no había nadie. Pasó por recepción y el que atendía le dijo un simple, Buenas noches. Feder levantó la mano, para que no se notara su estado. Tampoco es que el tipo lo fuera a detener. Salió a la calle y no supo para dónde dirigirse. Regresó a recepción y pidió un mapa al dependiente.

— ¿Un mapa? Ya no hacemos, desde que todo el mundo trae IPhone…

— ¡Mi iPhone! lo dejé en el cuarto — iba a subir a buscarlo pero le dio flojera. Se dio la vuelta para salir a la calle.

— ¿Qué busca?

— ¿Un bar?

— ¡Ah! Salga hacia la izquierda, siga derecho dos cuadras y vire a la derecha. Ahí verá varios. Aunque ya es tarde. ¿No sale con sus amigos? Es un barrio tranquilo, pero nunca se sabe. Como hay muchos latinos…

— Gracias.

Siguió las indicaciones del tipo, o pensó seguirlas, porque no encontró los bares. Había gente en la calle, por grupos. Todos gritaban mucho. Fumaban. Parecía que venían de un lugar, no que iban hacia él. Hombres y mujeres muy jóvenes, otros no tanto. Deseaba encontrar un lugar con música, quería bailar. Se acercó a un lugar que sonaba muy bien. Había un tipo en la entrada con cara de pocos amigos. Se puso enfrente de la cadena para que lo dejara pasar, pero el tipo lo ignoraba.

— ¿Oye? Déjame pasar.

— Ya está cerrado — le dijo el tipo sin verlo a los ojos.

Parecía ser cierto, no había nadie queriendo entrar más que él, todos iban hacia afuera, no muchos, se notaba que adentro todo seguía. En uno de los grupos de gente que iba saliendo, una joven lo reconoció. Por el acento se notaba que era argentina.

— Wow ¡Tocaron increíble! ¡Ya son mi banda preferida! Déjame sacarme una foto contigo. Voltea — la chava lo abrazó y se tomó una selfie. Se notaba que tenía experiencia, ni siquiera revisó que estuviera encuadrada.

— ¿Vas a entrar?

— Quiero, pero no me dejan.

— ¿Cómo que no? ¿oye? ¿no sabes quién es? es el cantante de la mejor banda de México. Si no lo dejas te vas a arrepentir toda tu vida cuando te enteres a quién no dejabas entrar.

El tipo escuchó todo pero no dijo nada. Mostró una sonrisa que quería ser sarcástica pero que no lo lograba. Parecía que le preocupaba lo que la chica decía. Aunque no quisiera demostrarlo.

— Me quedaría contigo, entraría de nuevo, pero mis amigos me dejan —era cierto, ya iban una cuadra adelante y le gritaban ¡Pamela! ¡Pamela! — Chau chau. — Y se fue.

Feder estaba a punto de darse la vuelta y seguir a esa chava, pero el tipo quitó la cadena.

— Anda, pasa. Pero no por ti. Es por esa chica, que me gusta.

Le dieron más ganas de irse con la chava que entrar, pero ya no la vio.

El bar seguía repleto. El DJ ponía música muy rara. Sobre todo porque sonaba a algo conocido, pero que Feder jamás había escuchado. Los que bailaban no cantaban las canciones como cuando es una rola clásica que la gente, a estas horas de la madrugada, canta gritando. La mayoría bailaba, pero consigo mismo. Feder deseó que la chica, ¿Pamela? se hubiese quedado con él. Fantaseó un poco con esa situación. Si había podido encontrar a alguien tan interesante, que además gustaba de su música, capaz que eso se podía repetir. Por eso se acercó a las mujeres que veía por ahí que le gustaban. Estaba tan borracho que eran todas. Fue a la barra, estaba atestada, y se compró algo de beber. No importaba que la bebida pareciera costar miles de Euros, él era un rockstar. Traía dinero, del sobre sacó un billete, al parecer demasiado grande, le dieron mucho cambio. Le dejó uno de los billetes al barman que lo atendió, pero este, en vez de agradecer la buena propina, solo levantó las cejas. ¿Se le hacía poco? Le podía dar más, él era un rockstar, podía darse ese lujo. Esa sensación de fama internacional se le instaló después de que lo hubiesen reconocido. Sentía que todo el lugar sabía quién era. Por eso se acercó al DJ y le sonrió, como si este supiera quien le estaba saludando. La mayoría de canciones que el DJ ponía eran en inglés, aunque también sonaban otras en francés. Cuando puso al fin una en español Feder se quedó extasiado. Como las demás, la había escuchado nunca, pero esta era por mucho la mejor canción que el DJ había puesto. Parecía antigua, pero era “moderna”. Esa era la sensación que le daba a Feder. Quería saber de quién era. Necesitaba saberlo. Se acercó al DJ y le preguntó. Éste lo vio con una mirada altiva, como si hubiese roto el reglamento del castillo, destrozado el protocolo acercándose a hablar con el Rey, y ahora lo fueran a guillotinar, cortarle la cabeza por su atrevimiento. Se sintió mal, pero bajito le dijo Chinga Tu Madre, Pinche Puto. La música, por supuesto, no dejó que nadie escuchara nada. Se fue al medio de la pista y se puso a bailar. Se acercaba a varias de las mujeres que bailaban por ahí, pero todas lo miraban igual, como si estuviera saltándose reglas bien definidas. La gente se le retiraba. ¿Qué no se dan cuenta? ¡Soy famoso! Quería decirles a todos. Un día regresaría para chingárselos. Conquistar a todos los pinches gachupines, como ellos lo habían hecho con los antiguos mexicanos. Aunque ahora buscaba su aprobación y no se la daban. Pero qué importaba, no iba a parar de bailar y emborracharse sólo por ellos. Tal vez eso era lo que faltaba, que él se soltara un poco, pues dos o tres minutos después, cuando la canción estaba mezclándose con la siguiente dos jóvenes se le acercaron para bailar con él. Se le pegaban mucho. La primera reacción de Feder fue la de quitarse. Pero se sintió bien con que alguien, por fin, se acercara a bailar. Eran mayores que él, no supo decir cuántos años más, pero no eran de su edad, resultaron muy agradables. Feder se descubrió mirándolos, de una manera en que nunca había observado a un hombre. Incluso aceptó que le gustaban. Uno de ellos tenía mucho vello corporal: en las cejas, en la barba, en la parte de atrás del cuello, en lo poco que se le veía de pecho, en cambio su cabello era cortísimo, “al cepillo” sin ser rapado, se notaba que dentro de poco sería completamente calvo. El otro era todo lo contrario, usaba el cabello hasta los hombros, sedoso, muy lacio, y seguía con él el ritmo de la música. Era completamente lampiño, flaco, femenino. Los dos se le acercaban igual, aunque uno mucho más agresivo que el otro. Se lo estaban ligando. Al menos en lo poco que Feder sabía, era lo que se imaginaba, y dejó de preocuparse. Si algo iba a pasar, que pasara. Bailaba con ellos como si nunca hubiese bailado en la vida. Como si esta fuera la primera vez que lo hacía de verdad. Sintió que algo se liberaba en él. Se sintió más ligero. Sentía que flotaba, que volaba. Sus nuevos amigos lo tocaban. Pasaban sus manos por distintas partes de su cuerpo: por los brazos, por el pecho, por las nalgas. Era un baile con mucho contacto físico. Feder nunca había bailado de esa forma. El lugar se comenzó a vaciar.

— Vámonos. — dijo uno de ellos.

El más delicado lo tomó del brazo mientras el más rudo iba detrás. Al pasar por la puerta, el cadenero, antes hosco, se despidió de él.

— ¿Todo bien, chaval?

Feder ya ni contestó. Sólo movió la cabeza varias veces en señal de asentimiento.

— Por acá, por acá — dijo el rudo tomando la delantera, para que Feder y el otro lo siguieran. No tenían acento de españoles, más bien parecían latinoamericanos, pero Feder no sabía de dónde. Era obvio lo que estos tipos querían de él, pero estaba muy borracho para preverlo. En su cabeza resonaba la posibilidad de por fin tener un encuentro sexual con alguien de su mismo género y eso le aterraba, pero era un miedo interesante, con sabor a prohibido, bastante excitante.

Se fueron a un callejón oscuro. Y sí, el rudo comenzó a meterle mano, pero al parecer no buscaban lo que él se imaginaba, sino algo distinto.

— ¿Dónde te escondiste ese maldito sobre?

Es cierto ¡el sobre! ¿Dónde estaba? Feder se comenzó a buscar por todos lados. No lo traía. Pero que importaba, le valió madres, estaba borracho.

— No lo tengo.

— ¿Cómo que no lo traes? Bájale los pantalones al hijo de puta.

El delicado, que resultó no serlo tanto, hizo lo que el otro le decía. El sobre no estaba por ningún lado. Los tipos se encabronaron y comenzaron a golpearlo. Feder cayó al suelo. Estaban a la entrada del callejón, no tan adentro, así que cuando un grupo de jóvenes pasaron, los dos amigos de Feder salieron corriendo antes de que los vieran acariciándolo con la punta del pie.

Los jóvenes de fiesta vieron a Feder todo golpeado, pero sólo guardaron silencio, daban la impresión de que se seguirían de largo. Pero uno de ellos dijo “yo lo conozco”. Era su pareja de baile, el del concierto, quien le dijo a Rachel que Feder no sabía aun que era gay.

El chavito lo levantó y le ayudó a llegar a su hotel. Feder no sabía siquiera en dónde estaba hospedado. Pero este chavito parecía saberlo todo sobre él. Al parecer no tenía nada roto, porque podía caminar, pero quién sabe. El recepcionista lo vio todo golpeado y fue a abrirles la puerta del hotel.

— ¿Está bien? — preguntó el recepcionista al abrir la puerta.

— Lo golpearon. Lo encontré en un callejón.

Feder entró al hotel y se fue directo al elevador. Entró, pero antes de apretar el botón de su piso se regresó a la puerta. Ahí estaba todavía el chavito.

— Perdón. Gracias por traerme. De verás, gracias.

— Un placer. Espero algún día volverme a encontrar contigo.

— Yo también. Supongo.

El chavito le dio un beso en la boca. Ni Rachel lo había besado de esa forma, esto era otra cosa. No pudo disfrutarlo del todo, porque aparte de que se espantó de lo que estaba sintiendo, le comenzó a doler el labio y otras partes del cuerpo por los golpes. El alcohol ya se le estaba bajando. Se separaron.

Ya no dijo nada y se fue a su habitación. Todavía traía la llave en donde la había puesto, y aun servía, lo cual era un milagro. Se observó en el espejo del baño, y aunque lo más prudente era bañarse, lo sabía, se fue directo a la cama y se quedó dormido. Ni siquiera se quitó la ropa, ni se metió dentro de las sábanas.

El Profesor Xavier lo despertó al otro día. Trajo al recepcionista para que le abriera la habitación, porque Feder no contestaba.

— ¡No mames Feder! ¡Ya vamos tarde! Y estás todo madreado, no mames. ¿Estás bien? ¿Saliste anoche? No la chingues ¿Dónde anduviste?

Feder no le contestó. Salió corriendo a su computadora y la abrió buscando algo. Se conectó mientras el Profesor Xavier metía toda su ropa en la maleta sin ningún orden.

Encontró el mail que le había mandado a Roto. Ni cómo arreglarlo. Se quedó sentado viendo cómo su maleta se iba llenando mientras el Profesor aventaba cosas dentro de ella. Camisetas, calzones, pasta de dientes, shampoo, revistas, chanclas, calcetines, cepillo. Feder pensó que la maleta era su cuerpo y todas esas cosas eran sus sentimientos, sus ideas de la vida, sus anhelos. Era un desmadre. Todo revuelto. Nada estaba acomodado, nada estaba en su lugar.

Sí. Exactamente así se sentía. Así.