Milagro

Ya llevaba un buen rato ahí adentro esperando. Todo en esa playa estaba mal. Como mal hecho. Por ejemplo ese baño: las paredes sin terminar, el cemento así nomás, tal como si los trabajadores se hubieran ido de repente, dejando todo a medias. El agua salía por todos lados y formaba charcos que a Jacobo le daba asco pisar. No había de otra, sus Havaianas relucientes no lo iban a salvar de esa agua inmunda, que de verdad esperaba que fuera sólo orines.

Ni modo, lo que uno debe hacer por su pareja, pensó. Y seguía esperando, matando el tiempo, contemplando el baño. Se notaba que la intención del constructor, o de quien lo había mandado construir, era hacer algo muy moderno. Que el cemento quedara sin pintar, el metal sin pulir. Que tuviera de esos lavabos inmensos incrustados de pedrería. Pero, era evidente que no les había salido nada bien. Todo estaba súper chafa. Mal diseñado, mal construido, sucio. Jacobo agradeció estar ahí solamente esperando y no con la urgencia de usarlo. Ahí le había dicho el chavito que lo aguantara, así dijo, que lo aguantara. Se había llevado su dinero y ahora iba a traer la mercancía, como él mismo la llamó.

Era la primera vez que hacía algo así, nunca había necesitado conseguir mota. Sobre todo porque él no fumaba, o lo hacía muy poco, sólo a instancias de su novia. Cuando empezaron a andar y llegaron al momento culminante de la relación en donde lo que seguía era entrarle al sexo, ella lo había dejado muy claro: si quieres que hagamos el amor tenemos que fumar. Jacobo no lo dudó ni un momento, si de eso se trataba estaba dispuesto a convertirse en un rastafari con tal de acostarse con ella. No es que quisiera nada más cogérsela, era que en realidad la amaba, así que agradeció la invitación a un ritual tan íntimo.

Nora tomó una cajita de metal que tenía en el buró de a un lado de la cama, y de ella sacó una pipa de cristal ya muy sucia. La llenó de yerba con pericia, la encendió y le dio una calada larga que sostuvo un buen rato. Jacobo hizo lo mismo. Ahí se dio cuenta de que lo suyo lo suyo era fumar en pipa. Antes había fumado de una bacha a punto de acabarse y nomás se quemó la boca.

Fumando con Nora entendió por qué ella necesitaba mota para entrar en acción: cada caricia, cada roce era como un orgasmo eterno. No sabía que la marihuana fuera afrodisiaca, o quizá sólo era su cachondez, y hasta un Marlboro lo habría puesto a tono. Pero no importaba lo que le pasaba a él sino lo que la mota le hacía a Nora. Nunca la había sentido tan relajada, tan íntima, tan con ganas de estar cerca de él. Si esto causaba la mota en ella, definitivamente estaba en sus planes fumar cada vez que se lo pidiera. Llegar al orgasmo pacheco resultó una de las experiencias más satisfactorias en la vida de Jacobo. Desde entonces siempre que Nora le decía que fumaran, sabía que era el preámbulo de interminables juegos sexuales, que debido al efecto de la cannabis, parecían durar siglos.

Desde que andaban, Nora jamás se había quedado sin mota. En su buró siempre había algo a qué prenderle fuego. Unas veces era muy poquita, otras había abundancia de colas que limpiaban de cocos y de ramitas.

— Tengo muchas amigas pachecas— dijo Nora cuando Jacobo le preguntó que dónde la conseguía.

En realidad Jacobo estaba un poco preocupado de que su Santa Novia tuviera que lidiar con dealers y gente de esa. Nora no se consideraba adicta. “Dicen que la marihuana es muy noble” solía decir seriamente “llevo más de diez años fumando y no se me ha hecho vicio”.

Jacobo no se había percatado del pequeño inconveniente de no traer mota al viaje, aunque jamás se habría atrevido a subir algo así al avión. El caso es que ya llevaban varias noches juntos y nada.

— Pues no sé cómo le vas a hacer, pero tendrás que conseguir — dijo Nora una noche, dándole la espalda en la cama.

— Pero ¿cómo? ¿dónde?

— Y yo que sé — y se durmió.

Al día siguiente, mientras Jacobo caminaba desesperado de un lado a otro, Nora detuvo su lectura, lo miró y le dijo:

— Se supone que los surfers fuman ¿no?

— ¿En serio? Ni idea.

— Pregúntales.

Jacobo se acercó a verlos surcar las olas: puro güey mamado, tostado al sol, con su traje de baño a media nalga ¿cómo iba a preguntarles? Lo mandarían a la chingada, claro.

— Ash — dijo Nora — ¿Lo tengo que hacer todo yo?

La vio ir hacia donde estaban los surfos, pero en vez de preguntarles, se detuvo a platicar con un chavito que iba y venía con una tabla más pequeña. Hablaban y hablaban, señalaban a Jacobo y luego seguían hable y hable. Al fin Nora regresó. El chavito sólo los veía desde lejos.

— Ve con él. Lleva dinero — le dijo y se volvió a recostar para leer su libro.

Y ahí estaba Jacobo, en ese baño en donde el chavito le dijo que lo aguantara, así nomás, que lo aguantara. Jacobo le había dado todo el dinero, todo, como el chavito se lo pidió. Y ahora esperaba a que le trajera la mercancía. Ya llevaba ahí más de una hora ¿o más de dos? y el chavito no regresaba. Jacobo comenzó a sospechar que tal vez no iba a volver.

No le preocupaba tanto que le vieran la cara de pendejo, no. Tampoco la regañiza que le iba a poner Nora por haberle dado el dinero a un chamaco sin recibir nada a cambio antes. Lo que más le agüitaba es que tenía muchas ganas de hacer el amor, y sin mota, como decía su novia: no se iba a poder.

Qué pinche baño tan feo, pensaba Jacobo, y seguía esperando un milagro que no habría de llegar.