Soltar

Lorena era todo lo contrario a Teto: ella se levantaba temprano, Teto, tarde; Lorena hacía yoga todos los días y era vegana, Teto no movía un dedo (bueno, de hecho si, pero sólo para tocar el bajo), y le encantaban los tacos de carnitas, barbacoa, cabrito y pastor; Lorena adoraba la naturaleza y los animales, y los defendía, Teto amaba el Distrito Federal, su caos, su desmadre, además, las ballenas y los pandas le daban igual, incluso los toros de lidia y la fiesta brava. Ni siquiera en las mascotas coincidían, Teto prefería los gatos, a quienes no es necesario hacerles caso. Lorena amaba los perros hasta la locura.

Eran muy distintos pero algo había pasado aquella vez que por azares del destino tuvieron sexo.

A Lorena ningún amante la había tratado con tanta delicadeza como Teto. Tenía un cuerpo que despertaba pasiones desenfrenadas, y la mayoría de los hombres la trataban salvajemente, con rudeza, con desesperación. Todo lo contrario había sucedido con Teto, que fue haciendo las cosas pasito a pasito, sin abalanzarse. Lo hizo todo muy lento y eso volvió loca a Lorena.

La verdad era que Teto estaba tan nervioso de tener sexo con esa beldad, que su cuerpo le hizo una mala pasada: no se le paró. La ansiada erección no llegaba, y para disimular, antes de quitarse la ropa, acarició a Lorena por todos lados, hizo uso de los trucos que se sabía, aprendidos en películas porno y hasta en libros de educación sexual, en donde no tenía que usar su miembro para darle placer a una mujer. Cuando por fin ya estaba listo, se dio cuenta de que estaba demasiado excitado, que si iba muy rápido se iba a venir en dos segundos, quedando como un vil eyaculador precoz ante esa diosa del Olimpo. Decidió irse muy despacito, no fuera a pasar un accidente imprevisto. Retrasó la penetración hasta el último segundo, así que para cuando ocurrió, Lorena ya había llegado al orgasmo varias veces (algo que nunca le había pasado), gracias a los eternos juegos preliminares de Teto. Ahí quedó prendada del ex bajista de Los Desesperados, y él, sin ser un sex symbol ni mucho menos, se quedó disfrutando de ese ser angelical que había bajado a la tierra para su deleite.

Llevaban tres meses cuando Lorena lo invitó a irse a vivir con ella a Tepoztlán. Una amiga le pidió que la supliera en las clases de yoga que daba en un estudio en el Pueblo Mágico mientras ella se iba al extranjero. Hacía ese viaje cada año durante dos meses, así que la oferta tenía la particularidad de que era algo temporal. A Lorena y Teto les daba la oportunidad de ver qué tal se sentían juntos, rodeados de naturaleza y montañas. No tenían que pagar hospedaje porque Artemisa, la amiga de Lorena, les dejaba su casa y sobre todo a los cinco perros de distintas razas que tenía para que los cuidaran en su ausencia.

Teto no estaba tan entusiasmado con la idea, pues le encantaba vivir en el DF, pero aceptó sólo por estar con su novia. Al fin y al cabo ya no tenía grupo, que era lo que lo ataba a la ciudad. Los Desesperados habían sido su vida, aunque seguramente nadie se lo creería, pues nunca hizo nada por la banda. En realidad Teto no hacía nada, punto. Ni por la banda ni por otra cosa. Se la pasaba tocando el bajo todo el día, sacando rolas de sus grupos favoritos en el bajo y en la guitarra, la cual tocaba bastante bien. Ahora que ya no estaba más con ellos, que las cosas habían terminado tan mal, comenzó a preguntarse si valía la pena todo lo que estaba haciendo. Así que se instalaron en Tepoz.

Lorena daba clases de yoga todos los días. Lunes, miércoles y viernes en el Amate, y martes y jueves en la casa de Diana, en un estudio impresionante en medio de un jardín místico. Teto se quedó en casa las primeras semanas, pero se aburría. Un día salió a explorar los alrededores pero unos perros le comenzaron a ladrar sacándole un susto de muerte. Había muchos libros en la casa, pero a él no le gustaba leer. Para colmo, los cinco perros de Artemisa se la pasaban chillando, pidiéndole que jugara con ellos, cosa que jamás iba a hacer. Pero lo peor de todo era que no había televisión. Podría haber visto cosas en la computadora, pero el internet era lentísimo, se desesperaba mucho.

Así que decidió hacer algo que a Lorena le encantó: acompañarla todos los días a sus clases.

Teto jamás había hecho yoga así que todo era nuevo para él. Por supuesto, no tenía tapete propio, así que tomó uno de los de uso común que había apilados. Al cantar el OM para iniciar la clase, lo hizo con timidez. Aun cuando él cantaba coros en Los Desesperados e incluso cuando había cantado canciones completas en la primera banda que tuvo (en una época había considerado convertirse en vocalista pero nunca tuvo las agallas suficientes), aun así, se sentía abochornado, como fuera del lugar al decir Ommm.

Cuando Lorena —que ahora no era su novia sino la maestra— decía en ciertos momentos que cerraran los ojos, él los entreabría un poquito para ver lo que estaban haciendo los demás y no hacer el ridículo.

Lorena guiaba la clase: los saludos al sol, los guerreros uno y dos, el árbol, el puente y demás posturas, y todos la iban siguiendo. Corregía a los alumnos, pero con Teto tenía una atención especial. Lo checaba tanto, que en algunas posturas los demás se desesperaban un poco mientras Lorena aleccionaba a su novio. Con todo, la clase fluyó muy bien, y Teto, aunque estaba sudando a mares, más que en un día caluroso, más que en cualquier tocada, no estaba tan mal como había pensado.

—Estás muy flexible — le dijo Lorena ya en casa —no quiero que te saques de onda por lo que te voy a decir, pero pensé que podrías estar más duro, más rígido. Estoy sorprendida.

—Es el rock ‘n’ roll, nenenennn— dijo Teto haciendo su imitación de Pomelo, aquel personaje del comediante argentino Capusotto.

—No, en serio, no estás tan mal. Podrías llegar a ser todo un yogui. Si te concentras en ello, claro. Es cuestión de que te lo propongas. Bueno, y que te guste.

—Gracias— dijo Teto, y le dio un beso tan cariñoso, que Lorena, excitada, lo arrastró hacia el sillón de la sala, en donde le hizo el amor mezclando el sudor que habían transpirado en el yoga con el del sexo que estaban teniendo.

Poco a poco, sin darse cuenta, Teto comenzó a cambiar. Con cada clase que tomaba iba mejorando sus posturas, pero no sólo en la clase, sino fuera de ella. La joroba que siempre había tenido, ese signo de interrogación que era su cuerpo, se empezaba a enderezar hasta parecer uno de admiración. La pancita que cargaba, aunque era flaco, comenzó a irse, los brazos se le empezaron a tonificar, lo mismo que los hombros y el pecho. Era un milagro. En menos de dos meses se había operado un cambio en su cuerpo que nadie hubiera creído. Su mente también había cambiado, de repente se descubría más tranquilo, pensando en por qué le había dado tanta importancia a cosas que lo estresaban.

Lo único malo de todo lo que estaba viviendo, era que el tiempo casi se acababa, y tendrían que dejar la casa y las clases de la amiga de su novia. Faltaba una semana para que se cumpliera el plazo, cuando Lorena, mientras revisaba los mails en su lap top, dio un grito.

— ¿Qué pasa? — preguntó Teto — ¿Todo bien?

— ¡Perfecto! ¡No podría estar mejor! Artemisa no tiene fecha de regreso, nos pregunta si podemos seguir cuidando la casa y atendiendo sus clases.

Teto se sentía mejor que nunca. Ya no comía tanta carne, no se le antojaba. Se despertaba temprano y se ponía a meditar con Lorena. Jugaba con los perros en el jardín, les aventaba una pelota que ellos peleaban por atrapar y traérsela. Un día se descubrió en medio del jardín, tirado en el pasto luchando con los perros, jugando con ellos como nunca pensó hacerlo. Caminaba por los montes y valles de Tepoztlán, y cuando los perros le salían al paso, no le ladraban como antes. “Debe ser mi aura” pensaba “ahora está más limpia que nunca. Antes deben haber percibido mi mala onda”.

En las clases de yoga iba mejorando a pasos agigantados, y todos los testigos de su avance lo felicitaban, elogiando su postura de Urdhva Dhanurasana o de Kakasana.

Hubiera podido llegar al nirvana, hasta que se enteró de una noticia que rompió su tranquilidad. No tenía lap top, así que cada tres o cuatro días le pedía a Lorena la suya para revisar sus correos. Tampoco era que recibiera muchos, pero no estaba bien desconectarse tanto del mundo.

Abrió la compu, tecleó el password de su novia, y en la pantalla apareció sopitas.com. Eso de por sí ya era raro. Lorena odiaba esa página, la consideraba misógina con su lunes de mallitas y demás fotos de mujeres desnudas. Mucho futbol americano y soccer, e infinidad de noticias de gadgets para geeks y nerds. Pero ahí estaba, su novia había estado viendo esa página, y debajo del banner del sitio, aparecía el reportaje que su novia estaba leyendo: “The Libertines en México”.

— ¡No mames! ¿Se juntaron los Libertines? ¡Wow! —casi salta de alegría.

Los Libertines eran su banda preferida. Los consideraba el último grupo de rock de la historia, después de ellos todos eran intentos frustrados de ingleses, gringos, canadienses y mexicanos. Nunca lo había querido aceptar, pero Los Desesperados eran una vil copia: la forma en que cantaba Roto, ese desparpajo, era una imitación del estilo de Doherty; Teto con su bajo y Chalo en la batería comenzaban cada canción como si estuvieran realizando un boceto. Parecía que de ahí no iba a salir nada, se sumaba la guitarra de Roto, luego la voz y era entonces cuando la rola cobraba sentido. Por supuesto, igualito que los Libertines.

Leyó el reportaje sin leerlo, lo único que quería saber era qué día iban a tocar en el DF y en dónde, así que cuando vio el nombre de su ex grupo al final de la nota, no sabía muy bien a qué se referían.

Tuvo que leer varias veces la frase para entender su significado: “Los Desesperados serán el grupo abridor”.

Toda esa quietud que había experimentado en las últimas semanas, en los últimos meses, desapareció como si nunca hubiese estado ahí. No era posible ¿su ex banda abriéndole el concierto a su grupo favorito? Seguramente Roto, el cantante, debía tener el ego más inflado que nunca, de seguro Chalo se sentía en la nubes por tocar en el mismo escenario que Gary Powell, aunque no le llegara ni a los talones. ¿Y él? ¿Cómo se sentía él? Ni siquiera lo sabía. Eran tantos los sentimientos que no sabía decir si estaba enojado, triste, contento. Sí, estaba enojado por no estar más en esa banda; también triste porque no iba a poder estar tocando ahí; pero contento porque la banda de la cual él había sido miembro y en la cual había aportado su bajo en los cimientos, ahora llegaba al lugar en el que siempre había creído que debían estar, alternando con un grupo del nivel de los Libertines. Sin embargo la envidia ganaba sobre todos los demás sentimientos que estaban a punto de explotarle en el pecho.

Cerró con fuerza la compu, olvidándose por completo de revisar su email. A quien le importaba. Si en el inbox de su correo había un email con la noticia de la muerte de un familiar, no podía importarle menos.

Y a todo esto: ¿por qué tenía Lorena esa página abierta?

— ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara? — le preguntó Lorena que se estaba haciendo una ensalada.

—Vi que tenías abierto sopitas.com en lo de Los Libertines.

— Ah sí. Me mandó el link Martina, la novia del Sabbath. Siempre está metida en internet. ¿Sabías que se van a casar?

— ¿Y por qué te manda eso? —dijo Teto haciendo caso omiso a la pregunta de Lorena.

—Ni idea. No creo que sepa que me gustan los Libertines, capaz que cree que sigues tocando con Los Desesperados ¿viste que les van a abrir?

— Sí. Sí.

— Pero bueno ¡siento tan lejos todo eso! Qué bueno que estamos aquí en Tepoz, solos tú y yo, sin todo ese conflicto eterno que era tu banda ¿no te sientes mucho mejor ahora?

— Sí. Sí.

— ¿Quieres una ensalada?

— No, gracias. Mejor voy a salir a caminar.

Teto caminaba y caminaba, y cada perro del barrio le salía al encuentro, ladrando, mostrándole los colmillos. Seguramente los perros percibían la nube negra que traía encima, el aura contaminada, las malas vibras. En otra situación Teto les hubiera tenido miedo, pero ahora le valían madre, pinches perros sarnosos, incluso a uno de ellos, el más fiero, le dio un patín en el hocico que hizo se fuera con la cola entre las patas, gimoteando.

Tanta meditación, tanto yoga, tanto incienso, no habían servido de nada. Tenía que hacer algo, tenía que actuar.

Y cuando pateó al segundo perro, supo bien lo que iba a hacer.

—Neta que sí me da gusto, está chingón ¿no era la banda que más nos gustaba? ¿Eh? —dijo Teto, tal vez con demasiado entusiasmo.

—Sí, sí, está chingón. —decía Chalo.

— ¿Qué pasa? deberías estar muy feliz, no mames. ¿O qué?

— Sí, claro. Digo, es que tú eras el más fan de los Libertines. No sé. ¿No te saca mucho de onda que vayamos a tocar con ellos?

— ¿Sacarme de onda?

— Sí, que te dé coraje por no estar ahí.

— No mames. Me da gusto. Un chingo de gusto.

Teto vio que Chalo se relajó por fin y le sonrió abiertamente. Cada quien le dio un trago a su cerveza. Hacía tiempo que no se veían. Pero Teto sabía que si lo citaba para verse con él, iba a aceptar. El pedo era con Roto, no con Chalo. Aun así le propuso que se vieran en El Hijo del Cuervo, en Coyoacán, que quedaba lejos del rumbo en donde se movía Roto. Aunque no lo dijeron, ni Teto ni Chalo querían que éste los viera juntos.

— ¿Y cómo le hicieron? ¿Quién lo consiguió?

— La gente de Enough Rope, Rachel, ya sabes cual, es amiga de Doherty. Cuando supimos que Los Libertines vendrían a México, le dijimos al Profesor Xavier que hablara con nuestra nueva compañía. Es otro pedo tener esa clase de contactos ¿no?

— Qué chingón, neta. Qué chingón ¡Salud!

— Salud -dijo Chalo y se acabó su cerveza.

— Deja te pido otra ¿Oye? y tú crees que ese bajista que consiguieron ¿cómo se llama?

— ¿Eddy?

— Eso, Eddy, ese güey ¿tú crees que sí dé el ancho?

— ¿Cómo que el ancho?

— Es que esa tocada es muy importante ¿No crees? Qué tal que ese güey la caga.

— Estamos ensayando un chingo. Ya se sabe las canciones. Yo creo que va a estar bien.

— Sí, no lo dudo, pero no han tocado mucho con él. No tanto como conmigo. Claro, ya no me debería importar, a mí que, yo ya ni estoy en la banda.

— Pues tocamos hace poco en el Pasagüero y tocó muy bien.

— Bueno, era el Pasagüero, ¿pero y si se pone muy nervioso y la caga? No debería decirte esto, porque va a sonar a que le estoy echando mierda, pero me dijeron que es un güey muy nervioso, que si no se pone hasta la madre nomás no la arma.

— Pues… Sí, bueno, se tomó varios mezcales antes de subirse, pero…

— ¿Ves? ¿No te digo? El alcohol es traicionero, y si se te pasa un poco, en vez de quitarte los nervios hace que toques mal, ya sabemos.

— Sí, la verdad que sí.

— Pero pues ni modo, esperemos que no la cague ¡salud!

— Salud. Sí, la verdad es que el otro día lo pensé: “Esta tocada debería haber sucedido cuando estaba Teto”. — dijo Chalo— porque era nuestra banda preferida y porque, bueno, no sé…

— ¿Qué?

— Pues, la banda ya no es igual. No suena mal, capaz que hasta estamos tocando mejor, pero había algo en la forma en que tocabas el bajo que Eddy no tiene.

— No pues gracias — dijo Teto realmente complacido — pero ni modo de regresar ¿o sí?

— No. No sé. No creo.

— Yo sería capaz de volver nomás a esa tocada para que estuviera chingona. Suplir a ese güey para que no la cague.

— ¿Neta?

— Sí ¿por qué no? Podrías decirle al Profesor Xavier, porque quién sabe si Roto quisiera oír la propuesta. Pero un mánager sabe más. Lo haría más por ustedes que por mí. Yo ya ando en otra.

Y entonces le contó el cambio que había sufrido con el yoga, con su vida en Tepoztlán. Incluso le dijo que quería ser profesor algún día, dedicar su vida a esa práctica.

— No te imagino.

— Yo tampoco.- y soltó la carcajada. Chalo no entendió el chiste, si es que había alguno.

Las siguientes semanas fueron un suplicio para Teto. Todos los días revisaba su email esperando encontrar algún mensaje de Chalo o del Profesor Xavier anunciándole que lo querían de nuevo en Los Desesperados, para esa tocada en especial. Tal vez hasta uno de Roto, pero eso ya era mucho pedir. Revisaba también los mensajes de voz en la contestadora. Cuando se despidió de Chalo hizo que anotara el teléfono fijo de la casa de Tepoz –“al celular no, porque allá no hay buena señal”- para no dejar abierta ninguna posibilidad de que no lo encontraran. Pero nada, parecía que se habían olvidado de él.

En Tepoz se sintió aislado. Así que se hizo asiduo al Mezcalcóatl, la mezcalería de moda en Tepoztlán, porque Ángel Flores, el dueño, era amigo de Roto. El vocalista, en sus tiempos de modelo, había hecho un comercial o un video que Ángel Flores, “el Florever”, dirigió. Teto quería sonsacarle información pero lo único que logró fue ponerse unas pedas memorables, que hicieron que su rendimiento en el yoga bajara considerablemente.

— ¿Pasa algo? – le preguntaba Lorena cuando lo veía alicaído.

— Nada mi amor, no te preocupes. Muchos mezcales ayer, nada más.

Pero la verdad es que no se hallaba.

Un día anunciaron que una española iba a dar clase en el Amate, un fin de semana intensivo de yoga. Lorena estaba muy entusiasmada, pues había escuchado cosas maravillosas de esa señora, así que no dudó en inscribirse e invitó a Teto a ir con ella, aunque el nivel de éste no fuera tan avanzado. “Haces lo que puedas” le dijo. Lo planearon con semanas de anticipación, pero a Teto se le olvidó y un día antes, el viernes, salió a la Mezcalería. Tocaba Osvaldo Benavides de DJ, así que aquello terminó muy tarde. Cuando Lorena levantó a Teto para salir al Amate, él no sabía qué era lo que pasaba. Ya habíamos quedado, le dijo Lorena, quien sin enojarse jamás ni alzar la voz, lograba que Teto o cualquier persona hiciera lo que ella quería.

Teto se levantó como pudo y se dio cuenta de que aún estaba pedo, crudipedo, mejor dicho. Fue hasta la cocina en donde Lorena le había preparado fruta y un té verde. El llenó su botella de agua, pero sin que lo viera su novia, le puso un buen porcentaje de mezcal, pues sabía que cuando llegara la cruda, iba a necesitar un poco del veneno de la noche pasada. La botella se veía como siempre, llena de agua cristalina y pura.

Llegaron al Amate junto con todas las demás que iban a tomar el intensivo. La mayoría eran mujeres que estaban en la clase de Lorena, y alguna que otra que venía del DF. Teto era el único hombre.

La española era una señora ya mayor que aún mostraba lo bella que había sido en la juventud. Irradiaba una paz que, en ese momento, Teto no tenía.

Era extraño encontrarse en ese estado en medio de tantas mujeres, el instinto animal de Teto, el instinto de macho, estaba exacerbado por el alcohol que corría por sus venas. Así que esta no era una clase de yoga como todas las demás, en donde él estaba tranquilito, sino que veía a todas con una mirada lujuriosa. Observaba sus mallas pegadas, sus camisetas embarradas al cuerpo, como se iban despojando de todas sus prendas conforme entraban en calor. Las posturas que en otros momentos no significaban más que movimientos de una práctica ancestral, ahora tenían para él lado libidinoso. Incluso a la maestra española, ya entrada en años, le veía posibilidades como compañera sexual. No le haría el feo, ni a ella ni a ninguna de las que lo rodeaban.

Así que mientras estaban haciendo una clase de yoga como todas las demás, a modo de calentamiento para que empezara realmente el intensivo, Teto empezó a sentir que su miembro se iba despertando, se iba poniendo un poco más duro que lo normal. Jamás le había sucedido, pero no podía controlarse, el short que usaba en las clases, una prenda que en realidad era para jugar basquetbol, se abultaba ahí en medio de su entrepierna. En el Perro Bocabajo no podía dejar de mirar las nalgas de todas las que estaban enfrente, lo que hacía que su miembro reaccionara. “Deja de verlas, deja de verlas”, se decía, porque su miembro estaba creciendo al punto de notarse bajo su prenda deportiva. Cuando pasaron a las posturas de equilibrio de pie, al hacer el Árbol, parecía que, en él, esta postura le había salido una rama más. Tampoco era una erección en toda regla, pero Teto se estaba poniendo nervioso, ¿y si llegaba a tenerla parada del todo? Ninguna de sus compañeras de clase, ni la maestra ni su novia se daban por enteradas, pero mejor salió del salón. Se fue al baño llevándose consigo su botella de aguamezcal. Iba pensando en qué hacer, quizá se tuviera que masturbar para sacarse la ansiedad, pero llegando ahí, parecía que todo había pasado. Lo que sintió fueron unas nauseas que hasta ese momento no había sentido. Estuvo a punto de vomitar, pero se contuvo respirando profundamente, pues si guacareaba iba a hacer un ruido descomunal, y todas en la clase lo escucharían. Se tranquilizó y ya que el peligro había pasado le dio un trago a su botella con cuidado, sorbo a sorbo, para no tentar a la suerte. Cada gota de agua con mezcal hizo que el alma le regresara al cuerpo. La cruda estaba llegando, pero con esos tragos, que fueron la mitad de la botella, logró mantenerla a raya durante un rato más.

Cuando regresó al salón de clase todas las mujeres estaban boca arriba, en Shavasana, y la maestra les acomodaba los hombros muy levantados o las piernas no alineadas. Teto agradeció su decisión de salir antes de llegar a esa postura, pues así boca arriba su miembro se vería como el mástil de un barco en medio de su cuerpo.

La española dijo que ahora estaban preparadas para lo que realmente se trataba su clase, solo les quería dejar una palabra, un concepto: SOLTAR. Eso era todo, algo muy simple, y a la vez lo más complicado que existe en el Universo, soltar.

Todas estaban sentadas en el piso, en sus mats, con las piernas en una posición que para Teto era imposible. Algunas de ellas tenían los ojos cerrados mientras la española hablaba con esa voz que quería transmitir serenidad, calma, paz. Pero a Teto su acento lo remitía a otra cosa: todas esas películas españolas de Almodóvar y Torrente, así que le daba risa, como si todo fuera una gran broma, un chiste. ¿Soltar? Quería reírse, carcajearse con ganas. Se sentía como en una película porno con doblaje español, comenzó a recordar todos los chistes de Gallegos que se sabía, uno más tonto que el anterior. No escuchaba realmente a la española, la única palabra que se repetía una y otra vez, era Soltar, pero en realidad no sabía por dónde iba la cosa. Estaba borracho, e intentaba por todos los medios que no se le notara. Se mantenía sentado en una postura recta, aunque de repente sentía que el piso se le movía, pero no importaba, mientras tuviera ese poco de mezcal en la botella estaba tranquilo.

En cierto momento la española dijo algo, y todas las mujeres respondieron con una risa de complicidad y se voltearon a ver entre ellas, Teto no sabía lo que había dicho, pues estaba clavadísimo viendo las miles de pecas en la espalda de una chava pelirroja, de piel blanquísima, que tenía frente a él. Lorena lo volteó a ver y le sonrió, él tuvo que responder la sonrisa, como si hubiese estado atento a todo lo que la española decía. Su novia hasta le dio la mano, y en sus ojos vio unas pequeñas lágrimas, el ojito Remi, lo cual significaba que aquellas palabras habían calado hondo. Teto puso más atención a lo que decía la española pero esta solo dijo: ya no diré más, de ahora en adelante haremos un voto de silencio, hasta que salgamos de aquí mantendremos la boca cerrada y soltaremos todo eso que nos ata. Tomen la posición que gusten, lo único que quiero es que estén relajadas.

La mayoría de ellas se acostaron en el suelo, algunas bocarriba, otras en posición fetal. Teto imitó todo lo que su novia hacía, cuando esta se acostó, el también. Fue entonces que se quedó dormido. Soñó que tocaba con Los Desesperados mientras todas las mujeres de la clase de yoga, la pelirroja hasta el frente, lo miraban con idolatría. A un lado del escenario estaban Pete Doherty y Carl Barat observándolo y en voz baja decían lo bien que tocaba. “Seguro me van a pedir que supla a su bajista y me vaya con ellos de gira” pensaba Teto mientras atacaba su bajo. Se comenzó a preocupar ¿cómo les diría a Los Desesperados que los iba a tener que dejar? Ni modo, no debía detenerse. Era su destino. Todas las mujeres que lo veían tocar estallaron en lágrimas. Escuchaba su llanto cada vez más alto. Se despertó para darse cuenta de que en realidad las asistentes al intensivo de yoga estaban en lágrimas, llorando a moco tendido. Abrió los ojos y levantó un poco la cabeza para ver a su novia hecha un ovillo, en posición fetal, convulsionándose por el llanto. Todas estaban igual. Teto no entendía nada, volvió a bajar la cabeza y se quedó observando las vetas de la duela del piso a un lado de su mat.

Su noviazgo estaba en peligro. Estaba haciendo todo mal, lo sabía, pero no podía evitarlo. Estaba allá afuera del Plaza Condesa, esperando a que el Profesor Xavier le diera un boleto para entrar. Lorena le dijo que no fuera, que dejara ir eso, que lo soltara ¿que no había aprendido nada?

Ni siquiera tenía boleto cuando llegó al DF. Le habló a Chalo quien le dijo que ya no había cortesías y le pasó el problema al manager. Este le decía que tampoco tenía pero que por tratarse de él iba a hacer lo imposible. Y ahora ahí estaba. Los fans de Los Desesperados que lo reconocían lo saludaban con gusto, incluso se tomaban fotos. Pero algunos preguntaban qué era lo que hacia allá afuera. No se acordaban que Teto ya no era un Desesperado. No sabían nada. Quizá tampoco les importaba mucho aunque se dijeran fans. Pa’ acabarla de amolar, llovía. Teto estaba empapado, esperando ver salir al Prof. con su ticket.

Lorena se enteró de todo lo que estaba haciendo desde hacía semanas. El desmadre que esta simple tocada había causado en su cabeza. Teto había inventado a un fan de Los Desesperados en Facebook y Twitter que despotricaba del nuevo bajista y pedía la restitución de Teto. Posteaba cosas en la página de Los Desesperados, y había fans reales que lo apoyaban, “deberían meter de nuevo a Teto”, #QueVuelvaTeto, pero la mayoría ignoraba la petición, ni siquiera se declaraban a favor o en contra. Ni un like le daban siquiera. Lorena se dio cuenta de que Teto era el que estaba haciendo todo eso y lo enfrentó ¿estás loco o qué? En su computadora estaban las pruebas de que Teto no podía superarlo. Tienes que resolverlo solo, le dijo, yo no puedo ayudarte. Y nadie podía hacerlo, en realidad, Teto lo sabía. Jamás llegó ese email tan ansiado de Chalo. Así que decidió ir al concierto aunque nadie lo hubiese invitado. Sabía que era patético, pero no podía evitarlo.

Soñaba con que ocurriera algo así como en la última escena de Spinal Tap, en donde el vocalista ve, parado a un lado del escenario, al guitarrista que ya no es de la banda y lo invita a sumarse a la tocada, olvidando todos los problemas. Era una fantasía muy pendeja, pero la única manera en que podría suceder era estando ahí presente. Prefería eso a quedarse en Tepoz, viendo los cerros, escuchando el ladrido de los perros y el canto de los pajaritos.

El Profesor Xavier salió con un boleto. Teto no pudo ni darle las gracias porque el manager se dio la vuelta y salió corriendo al recinto pretextando tener mucho trabajo. Teto debería haberse sentido más tranquilo, pero esto lo hizo sentirse peor. Siempre esperaba más de la gente, de los eventos. En realidad quería un backstage pass, no un pinche boleto como el de todos. Quería un brazalete que le permitiera pasar a todos los sitios del venue para ver a sus ídolos, tomarse una cerveza con ellos, platicar sobre música, preguntarles por Mick Jones, quien fue su productor. Compartía con los Libertines el gusto por los Clash. Eran iguales, tenían cosas en común. No era justo que los demás Desesperados estuvieran viviendo eso y él no.

Al boleto le caían gotas de lluvia mientras lo veía. Estuvo a punto de regalárselo a alguien pero decidió entrar. Para no mojarse, se dijo. Ya adentro no supo si sintió rabia o tristeza porque había poca gente para ver a Los Desesperados. El grupo abridor no les interesaba en lo absoluto. Todos estaban en las barras pidiendo alcohol, y muchos ni siquiera habían ingresado al lugar. Fue por una chela que le costó carísima y se dirigió a ver quién era el ingeniero de sala. No lo reconoció ¿quién chingados era? Se sintió desplazado, ni siquiera le pidieron su opinión al respecto. Se acercó al escenario y vio los instrumentos de sus ex compañeros. El único que no reconoció fue el bajo, un Music Man que él jamás se atrevería a usar. No le gustaba su sonido. Claro, también había un Fender Precission, que él prefería por mucho.

Pensó muy bien en dónde colocarse, ni muy adelante ni muy atrás. Quería ser testigo de todo lo que pasara en el escenario, escuchar bien, pero que no lo vieran sus ex compañeros. La fantasía Spinal Tap, en la vida real se mostraba como lo que era: una gran idiotez. Eso sí, deseaba con toda su alma que se notara lo mucho que les hacía falta su sonido en el bajo.

Los Desesperados salieron al escenario y solo unos cuantos lo celebraron. Muchos de los supuestos fans ni siquiera estaban ahí. ¿No se suponía que deberían estar apoyando a su grupo en ese momento tan importante? Roto saludó a la gente como siempre, de modo despreocupado, como si les hiciera un favor. Siempre le gustó a Teto esa forma de comportarse de su vocalista, él no podía hacerlo. Aunque esta vez se le notaba algo enojado. Chalo le pegó a la tarola con fuerza, quizá más de lo normal. El nuevo bajista volteaba a ver hacia afuera del escenario, Teto sabía que con la mirada le daba instrucciones al ingeniero de monitores. Chalo comenzó a tocar el ritmo de la primera canción en los toms de piso y Eddy se sumó al ritmo. Era obvio que iban a empezar con esa, que tenía clara influencia de los Libertines. Roto sumó la guitarra y comenzó a cantar. Aunque se notaba que el grupo estaba haciendo su mayor esfuerzo sonaba horrible, daba la impresión de que el ingeniero estaba perdido, de repente sonaba más la guitarra o la batería. Poco a poco el sonido se fue arreglando, Pero cuando estaban a punto de llegar al coro de la primera rola, la voz de Roto dejó de sonar. Teto tenía ganas de ir corriendo con el ingeniero de sonido para decirle que era un pendejo, que hiciera algo, pero se notaba que era pedo del escenario.

La segunda canción sonó mejor, seguramente no habían tenido tiempo de un soundcheck en forma, ya para la tercera sonaba perfecto, pero antes de empezar la cuarta canción, Roto anunció que era la última. Llevaban muy pocas canciones, pero nadie en el público se quejó ni dijo nada. Deberían pedir otra pero sin duda estaban ansiosos por ver a The Libertines.

Teto descubrió que estaba disfrutando mucho la tocada de su ex banda, más de lo que se había imaginado. Fue el único que lamentó que les dieran tan poco tiempo para tocar. Aun así se quedó callado, no podía ponerse a gritar “OOOTRA, OOOTRA”, o “CULEEEEROS, CULEEEEROS”. Y mucho menos “OEEE OE OE OEEEEEE, DESEEES PERADOS”. Se habría visto muy mal. Nunca había tenido manera de ver el grupo a la distancia. Era imposible formando parte de él, oyéndolo desde adentro. Por algo fue integrante de los Desesperados, le gustaba mucho la banda. El nuevo bajista era bueno. Sí, tenía que aceptarlo, mucho mejor que él. El sonido del grupo había cambiado, quizá ahora tenían más oportunidad de pegar. Pero la gente que estaba ahí no parecía enterarse. Todos platicaban y tomaban chelas, se preparaban para ver a la banda inglesa, no a la mexicana.

Los Desesperados comenzaron a tocar su última canción, una nueva que Teto no había escuchado nunca. Se ardió, porque sonaba muy interesante y él no era parte de ella. Le dio demasiada rabia, No sabía qué hacer. Tenía ganas de salirse del lugar pero la rola lo detuvo, era la mejor canción que habían hecho nunca. Teto se quedó escuchándola sin poder moverse. Era más tranquila que las demás. No era una balada pero en comparación con las otras, podía serlo. Teto conectó con el sentimiento de la rola, y aunque no entendía del todo la letra, estaba seguro que hablaba de algo que él estaba viviendo. Una frase lo hizo estremecer:

“es más menos, más de lo que debe ser. Por más fuerte que lo sostengas, Si debe, va a caer”

O algo así. La dicción de Roto dejaba mucho que desear ¿De qué hablaba? Ni idea, pero Teto, por primera vez en mucho tiempo, se relajó. ¿Por más fuerte que lo sostenga se va a caer? Sintió como sus hombros bajaban y sus brazos se acercaban más al piso. Su espalda se enderezó, y creyó escuchar un sonido de huesos acomodándose. Se dio cuenta de lo duro que estaba, de lo apretado que tenía el pecho, el corazón. Escuchó una voz interior que dijo “Soltar”. No entendía de donde venía, pero aun así le hizo caso. Y sintió cómo el rostro que creía sereno, sin gestos, se relajaba. Sintió un ligero pánico pero fue sólo un segundo, porque al instante siguiente se sentía tranquilo, inexplicablemente tranquilo. Una parte de su mente preguntó ¿así se siente?, la única respuesta que recibió fue ponerse a llorar.

Todo se aflojó con las lágrimas. Después de unos minutos se contuvo porque estaba en un lugar público, lleno de gente, y aunque nadie lo pelaba se sintió intimidado. Aun así pudo darse cuenta de lo bien que le había hecho soltarse. Eso era lo que les había pasado a todas las del intensivo, seguramente. Teto pensó que no era la primera vez que llegaba tarde a una situación, a un evento, a una conclusión, a una moda. Al fin y al cabo llegó, dijo, y se sintió mejor consigo mismo.

Los Desesperados terminaron sin que ni un alma les pidiera una canción más. Tampoco se dieron cuenta de lo buena que era esa canción con la que cerraron. Ni modo, ellos se lo perdían, pensó Teto.

Los Libertines todavía se tardaron un rato en salir, el tiempo justo para que el recinto se llenara a tope. Teto se acomodó enfrente del ingeniero de sala, el lugar en el que debería escucharse mejor cualquier concierto, pues desde ahí hacía su mezcla el sound engineer. La mayoría de la gente se apelotonaba enfrente del escenario, pero Teto sabía que generalmente era el peor lugar para escuchar, pues las bocinas laterales no alcanzaban a cubrir ese sitio, creando un silencio extraño. Así que se mantuvo en donde estaba. Algunos se fueron parando ahí mismo. Muchos eran músicos como él, o mánagers o secres, saludó a algunos pero a otros no los conocía, aunque sabía quiénes eran por su fama.

La primera canción de los Libertines fue un desastre, Teto tardó un rato en darse cuenta de que era Boys in the band de su primer disco. Pero bueno, eso del mal sonido al comenzar un concierto era lo normal. Teto esperaba que en la siguientes canciones los desperfectos se corrigieran.

Estaba tan clavado escuchando que no se dio cuenta en qué momento llegaron Los Desesperados a esa zona para ver el concierto. Estaban a unos cuantos pasos de él, tres o cuatro personas los separaban. Teto actuó sin pensar, se acercó a ellos y le preguntó a Chalo:

— ¿Por qué no lo están viendo desde monitores?

— No mames, nos corrieron. Terminamos de tocar y nos corrieron. Un güey inmenso, altísimo, parece que era el tour manager, sacó nuestras cosas del camerino. No pudimos ni saludarlos.

— Qué mal pedo. ¿Y por qué?

— Quién sabe.

— Pero bueno, ustedes tocaron muy bien. — Dijo Teto, lo bastante fuerte para que todos lo escucharan. Roto se sonrió sarcásticamente.

— No, en serio, estuvo corto pero chingón. Felicidades. Esa última rola está buenísima. — le dijo Teto a Roto mirándolo a los ojos.

— Gracias. — respondió el cantante en un tono que dejaba claro que aceptaba el cumplido.

Los Libertines seguían tocando pero el sonido no mejoraba. Teto volteó a ver varias veces al ingeniero, un pelirrojo pecoso de ojos azules que estaba muy quitado de la pena, como si lo que sonaba estuviera perfecto.

Teto descubrió que disfrutaba más escuchar Can’t stand me now, Music when the lights goes out y Don’t be shy en la sala de su casa, bien borracho y pacheco con sus compañeros de Los Desesperados, a todo volumen, cantando a las cuatro de la mañana después de alguna tocada o un ensayopeda. En este concierto no se la estaba pasando nada bien.

Fue Roto quien le puso palabras a sus pensamientos:

— Chale, creo que no son tan buenos como pensábamos.